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Carlos Fenoll.
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EL CANTO ENCADENADO
A Pepe Ruiz Cases (Sesca), que me animó a escribirlo.
La historia no está siendo generosa con Carlos Fenoll. La críticos literarios consideran al poeta-panadero un poeta menor que debe su escasa celebridad a su amistad con Miguel Hernández y Ramón Sijé.
Hace unos años asistí a una tertulia en un conocido pub de Alicante. Recuerdo que un erudito local vapuleó la memoria de Carlos Fenoll ante la sonrisa cómplice y babosa de un joven poeta premiado y mi silencio ignorante. Por entonces yo no había leído nada de Fenoll, y muy poco sabía de su vida (irónicamente sólo acertaba a recordar la fecha de su muerte). Por otra parte, ¿qué podría importarme a mí, un alevín de escritor que se creía en el deber de renegar de todo lo próximo, un poeta oriolano “fracasado”? Así que opté por darle la razón a mis contertulios, de los que, por cierto, nunca más se supo en el mundillo literario.
Aunque sigo siendo un aprendiz, creo que he madurado y ahora soy menos arrogante. Hoy habría salido en defensa de Carlos Fenoll, y no por paisanaje o proximidad en contra de lo ajeno, sino porque he descubierto en su vida y en su obra poética lo que antes me impedía ver mi gusto por lo foráneo y mi desapego del terruño.
Es cierto que Carlos Fenoll es un poeta condenado a las sombras por la proximidad luminosa de dos oriolanos geniales con los que llegó a entablar una profunda amistad. Entre la potencia intelectual de Ramón Sijé y el torbellino creador de Miguel Hernández, ambos precoces, asoma con humildad el indolente Fenoll, el poeta mesurado y lento en su evolución, aunque no hay que olvidar que el poeta-panadero guió los primeros pasos literarios del poeta-pastor e influyó en profundamente en su poética. Sijé y Hernández mueren muy jóvenes: el primero en su lecho y en “olor de santidad”; el segundo, contumaz y rebelde, en la cárcel, sufriendo una terrible agonía. Sijé pretende imponer su ascetismo religioso a sus paisanos. Cuando cruza las fronteras de su pueblo y conoce nuevos horizontes, Miguel se rebela contra la Iglesia con la agresividad y la violencia del resentido. Fenoll, la figura menor de la tríada, no puede o no quiere desembarazarse de la superstición católica que le ha sido inoculada y sufre resignadamente su represión interior durante el Régimen franquista, dedicándose a su oficio de panadero. Su única muestra de rebeldía quizá la encontremos en su atrevimiento al pedir explicaciones (al modo de los poetas de la revista “Espadaña”) a un Dios distante. En Ramón Sijé y en Miguel Hernández encontramos una relación entre obra e ideología, no así en Carlos Fenoll.
Otras circunstancias adversas se conjuraron contra “el panadero de corazón de pan”: su autodidactismo, su tendencia a la improvisación (heredada del padre, rapsoda de reconocido prestigio), y su bondad idealista, sin picardía, que anuló sus mecanismos de defensa y lo arrojó a las intemperies del corazón. Recordemos las palabras de su hijo Antonio: “Carlicos Fenoll no será olvidado por nadie que lo conociera un poco. Humilde, sencillo, bueno, fue siempre”.
Dice don Quijote: “no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mejor poeta del mundo”. Carlos Fenoll es una excepción. Con su natural honradez, nuestro paisano evitó arrimarse a los árboles de buena sombra, y si lo hizo fue de forma espontánea; nunca persiguió los méritos poéticos ni le atrajeron los turiferarios, ni las capillitas literarias, ni los centros de poder, por consiguiente no obtuvo el amparo económico oportuno que le podría haber permitido vivir con más decoro y holgura.
Fue un hombre dedicado de por vida a correr tras la poesía –la base de su existencia-al mismo tiempo que huía de ella por el peligro que suponía su presencia. Para un poeta de hoy, Carlos Fenoll debería ser un ejemplo de coherencia. De acuerdo que no será nunca una leyenda, como sus dos geniales amigos; pero sus valores humanos, su sentido de la mesura, su coraje para sobrevivir en la vorágine cotidiana, son méritos suficientes para rehabilitar, sin chovinismos miopes, a un poeta de condición extraña, todavía no contaminado por ditirambos al uso, si acaso algo distorsionado por algunos comentarios grandilocuentes en una prosa ripiosa y sesgada, procedentes de quienes lo trataron de cerca y lo quisieron.
El Carlos Fenoll que me interesa no es “el poeta menor pegado a la piel de Emilio Carrere, bohemio trasnochado de capa, chambergo y pipa, o de un Manuel machado –vino, sentimiento y poesía-“, sino el que se despega de estos vates “y descubre su voz íntima e intensa: con Darío, Antonio Machado Y Juan Ramón Jiménez (…)” (Jesús Poveda: vida, pasión y muerte de un poeta: Miguel Hernández). El rapsoda jovial, enamoradizo que canta a San Miguel en “Jueves de carnaval” en 1930 (y hasta se permite una incursión en el coloquialismo más auténtico y pedestre al referirse a una moza que pasa con este inciso: “que por cierto no está mal”) se convierte en el poeta baudelariano, hastiado, catastrofista –hasta necrófilo en ocasiones- de “La hora maldita” (1943); el poeta herido por la fatalidad atávica que engangrenó a tantos vates patrios: “más todo, hasta el amor, esta ya muerto/ para mí en este instante –que no acierto/ nunca a vencer de espeso y lento hastío”.
Carlos Fenoll había elegido años atrás el territorio de la poesía para hallarse. Y desembarcó en él como Simbad y sus compañeros de viaje sobre el cuerpo del cetáceo, sin saber que ese terreno sólido es móvil e inestable y tiene querencia por los abismos. El desencanto, la depresión, la dipsomanía atrapan a Fenoll en el momento en que éste es consciente de su vocación y de su incapacidad para ofrecerle a la poesía una dedicación plena, cuando comprende que la poesía es la base de su existencia y, por consiguiente, su vida va a ser un continuo debate entre el encuentro y la huida, el silencio y la comunicación, la euforia y la frustración.
Fenoll barrunta que en los diversos estratos geológicos de la poesía yacen muchos fracasados cuyos nombres se han perdido, y él no se atreve a poner en peligro su propia estabilidad, su pequeño sosiego arrancado al sufrimiento diario. Teme apostar su vida a un número perdedor y se aferra a su existencia vulgar. No quiere oír hablar de literatura. En su trabajo, entre los suyos, se cree a salvo de esa Circe insistentemente cruel y caprichosa que es la poesía. Ella lo sigue allá donde él va, y el poeta desertor resiste porque se sabe inseguro y teme no estar a la altura de los grandes autores que conoció durante la guerra: Aleixandre, Alberti, Prados… Recuerda el consejo que Miguel diera por carta al enfermizo Justino Marín (Gabriel Sijé) para que éste abandonara el camino de escritor que había elegido por el mucho veneno que encontraría en el destino elegido. Por eso quiere huir a tiempo y, en un arrebato, quema una parte de su obra y de su archivo. Haciendo frente a sus remordimientos, jura no volver a escribir y se exilia en Barcelona para no regresar a su ciudad natal, donde habitan sus fantasmas.
Pero los fantasmas le siguen hasta su nuevo destino. El síndrome de Bartleby que sufrió Carlos Fenoll evidencia su modernidad como poeta. Enrique Vila-Matas aclara en su novela Bartleby y compañía cómo se manifiesta ese mal endémico de las letras contemporáneas, esa pulsión negativa o atracción por la nada “que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizá precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día literalmente paralizados para siempre”. Fenoll, nada tiene que ver con el típico autor provinciano enquistado en la autocomplacencia. Él es un poeta desarraigado, condenado a la intemperie, que camina sobre ruinas, y trata de ahuyentar el sentimiento de lo sagrado inmanente en toda realidad. Actitud que hoy en día se nos muestra especialmente pertinente Nuestro poeta experimenta entonces un fenómeno paradójico: al huir de la poesía, al oponerse a lo extraño, a ese fondo de indeterminación y sorpresa que acompaña a la epifanía poética, se siente encadenado, atrapado en la complaciente seguridad que ha elegido. Como Bécquer, tiene miedo de quedarse con su dolor a solas. Su tono deprecatorio a Dios o a la belleza en sus poemas de transición (que no es más que una súplica a la poesía para que ésta deje de acosarle) deja paso al canto amargo, al “Canto encadenado” (1947), que así se titula su poema más conocido y la antología de su obra, elaborada por Manuel Molina y publicada en IEA de la Diputación de Alicante. “Nada puedo contra él. Dos niños corazones/-arroyuelos que cantan la misma sangre mía-/ y el amor a mi esposa, son las grandes razones/que estrangulan mi grito de ansiada rebeldía.// Deseando la paz, quiero aplacar mis sueños, / borrarlos como borra la aurora a las estrellas, /pero igual que la espuma, son vanos mis empeños: / germinan sin descanso, renacen como ellas.(…)// Pero siempre habrá un dejo de amargura en mi canto/ mientras llore mi alma su pesada cadena”. La solemnidad de estos versos alejandrinos descubre a los lectores la incapacidad de su autor para resistirse tenazmente a la llamada de la poesía, que le arrastraba lejos del mundo pragmático al que nuestro poeta fue incapaz de adaptarse.
A partir de entonces, en sus poemas esporádicos, en las cartas que escribió a sus amigos, Carlos Fenoll, nostálgico de la poesía, se quejará de la falta de tiempo, de las obligaciones cotidianas, de su trabajo. Odiaba ser panadero, un oficio artesanal que le impedía ser artista. En los escasos ratos libres en que no hacía panes, escribió algunos versos y cartas, muchas cartas.: “con mi tan repentino como brutal silencio se inició mi último periodo de depresión nerviosa profunda, durante los cuales siempre quedo inerme, incapacitado totalmente para concentrarme en nada, para hacer nada, salvo esperar también a que ceda su negra turbulencia…” escribe al poeta Manuel Molina en 1968. Siete años antes había escrito al mismo amigo lo siguiente: “Escribir una carta, una cosa tan sencilla, tan elemental y para mí casi imposible. Antes de la acción de escribir, de situarme material y espiritualmente a escribir una carta, sufro días y, hasta meses, un trastorno nervioso perturbador. Quiero y no puedo”.
Cuentan que Carlos Fenoll nunca superó la muerte de Miguel Hernández y que esta trágica circunstancia le causó una profunda depresión y le hizo beber sin tregua. Creo que se trata de una interpretación romántica en consonancia con el carácter nervioso y sentimental, profundamente humano, del autor de “La hora maldita”. Sin duda le afectó la muerte de Miguel y la de Justino Marín (Gabriel Sijé), y también la atmósfera irrespirable de la posguerra; pero la verdadera causa de su depresión y su “enfermedad incurable” (ese eufemismo utilizaban los amigos cuando se referían a la dipsomanía de Fenoll) es la poesía, que no admite ambigüedades. Fenoll, ya lo hemos visto, no fue capaz de arrancar las cadenas que estrangulaban su grito de rebeldía; pero tampoco pudo darle la espalda definitivamente a la poesía, como hiciera su admirado Rimbaud. Ansiaba el equilibrio y la serenidad que alcanzaron tantos autores del siglo xx, acomodados en la autocomplacencia social y la arrogancia intelectual; un deseo legítimo que en nuestro poeta, por sus circunstancias personales, resulta ingenuo y hasta patético.
Carlos Fenoll escribió ripios infectados de epítetos gastados. A los lectores de hoy nos resulta cargante la hiperbolización y el plañiderismo de su poesía. Nuestro poeta temía con razón al rapsoda que escondía en su interior y que a veces asomaba al exterior. Las prisas continuas le obligaban a improvisar en cualquier papel, robando minutos al trabajo. Pocas veces consiguió escribir con sosiego. Pese a todo, también escribió buenos versos llenos de ortigas y vidrios.
En la década de los cincuenta, Carlos Fenoll volvió a experimentar el júbilo de la poesía e intentó hallar los fragmentos de su identidad rota para recomponerla; manifiesta su ilusión en su poema “Reflorecer” (1952) y en algunas cartas a los amigos. En 1951 escribe a Manuel Molina: “Te dije que había empezado a escribir con el propósito de reunir un número suficiente de poemas para un libro: propósito de humo. Nada por ahora”. En 1952 le confiesa a su confidente: “huyo ahora como un condenado de caer en el hoyo del silencio sin fin, donde germina la flor de la locura o se saborea la raíz de la muerte (…) la alegría de la creación es capaz por sí sola de levantar a un muerto”. Y en 1953: “Y quiero, sí, quiero andar, reanudar la marcha ininterrumpida por tantos negativos complejos”.
Pero el resurgimiento nunca llegaría. Siguió luchando Fenoll contra los fantasmas que ahogaban su voz y su vida, hasta que su muerte acaeció con pena y sin gloria el 31 de diciembre de 1972. Los versos de Carlos Fenoll, pese a sus imperfecciones, son consecuentes y están consagrados al dolor de vivir y de escribir. En ese quiero y no puedo radica su singularidad. Su pulsión negativa le impidió publicar un libro (la mencionada antología El canto encadenado fue una edición póstuma); la mayoría de sus poemas todavía están desperdigados en periódicos y revistas provincianas.
Espero que pronto se le haga justicia a Carlos Fenoll editando su obra completa (con un estudio actualizado) para que los poetas de mi generación podamos entender su difícil trayectoria vital y poética. Aunque la verdad es tan hermosa que se impone cuando ya nadie le importa si se impone o no.
NOTA
Para elaborar este artículo he utilizado los siguientes libros: El canto encadenado, Carlos Fenoll; Edición y prólogo de Manuel Molina; epílogo: Vicente Ramos, Instituto de Estudios alicantinos, Diputación de Alicante, 1978.
Vida pasión y muerte de un poeta: Miguel Hernández, Jesús Poveda. Ediciones Oasis, S.A., México, 1975.
Yo Miguel, Francisco Martínez Marín, Orihuela, 1972.
Antología de escritores oriolanos. Premio Ramón Sijé. José Guillén García y José Muñoz Garrigós, publicaciones del Excmo. Ayuntamiento de Orihuela, 1974.
José Luis Zerón Huguet
Publicado en el número 41 de la revista La Lucerna, año VI, diciembre de 1995, número especial dedicado a Carlos Fenoll.
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