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[lunes 10 de enero de 2011]
NOTAS PARA UN ESTUDIO DE LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ (V):
El ´Cancionero y romancero de ausencias´ y los poemas del mismo ciclo.
Por Emilio Rucandio Palomar


En diciembre de 1937 nace el primer hijo de Miguel, Manuel Ramón. La alegría duró muy poco, ya que el niño muere el 19 de octubre de 1938.
Acabada la guerra civil, Miguel Hernández, después de pasar la frontera portuguesa, es detenido por la policía de este país y entregado a la policía española de fronteras. Conducido a Rosal de la Frontera (Huelva), es encarcelado e interrogado por la Guardia Civil. A mediados de mayo entra en la Prisión Celular de Torrijos, continuando su calvario carcelario (33). El poeta escribió un cuadernillo entre octubre de 1938, mes de la muerte de su primer hijo, y su salida de la cárcel, en septiembre de 1939. El cuadernillo tenía 79 poemas, que forman el núcleo principal de un libro que “no pudo ser” (debido a la enfermedad y a la muerte del escritor). Miguel Hernández se lo entregó a su mujer unos días después de haber sido puesto en libertad. No obstante, hay otros poemas que no forman parte del cuadernillo, pero que pertenecen al mismo ciclo, pues Miguel Hernández continuó escribiendo hasta que tuvo fuerzas, esto es, hasta que su deteriorada salud se lo permitió.
Al ser puesto en libertad y salir de la cárcel de Torrijos el 17 de septiembre de 1939, Miguel entregó a su mujer el cuadernillo, porque sabía que era lo único que podía dejar a los suyos. En la cubierta de este cuaderno, Miguel escribió (34):

Para uso
del niño
Miguel Hernández.



En el reverso puso:


Si este libro se perdiera,
como puede suceder,
se ruega a quien se lo encuentre
me lo sepa devolver.
Si quiere saber mi nombre
aquí abajo lo pondré.
Con perdón suyo, me llamo
M. Hernández Gilabert.
El domicilio, en la cárcel,
visitas de seis a seis.



Probablemente, los primeros poemas del libro se compusieron en 1938, pues parte del Cancionero y romancero de ausencias viene a ser una elegía, en la que el autor muestra su hondo dolor por la muerte de su primer hijo (el 19 de octubre de 1938), pocos meses después de haber nacido (el 19 de diciembre de 1937).
En el libro hay un predominio de canciones y, después, de los romances, tal como el propio título indica. Además, hay cuatro poemas en seguidillas, dos en cuartetas y dos en forma de rima becqueriana. Finalmente, según Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia (35), encontramos un poema en quintillas y otro conformado por dos serventesios.
El título del libro nos lleva a hablar de la relación de la obra con la literatura tradicional-popular. Los poemas del Cancionero y romancero de ausencias pertenecen a lo que se conoce como “neopopularismo”, pues los autores utilizan elementos temáticos y formales procedentes de la lírica tradicional-popular (36) que, reelaborados y transformados, son utilizados, en el caso de Miguel Hernández, para expresar su particular mundo poético, su universo más íntimo. Ahora bien, como muy acertadamente dicen Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia: “Los cantares de Miguel Hernández no pretenden ser de ningún modo expresión popular, sino personal. Podría decirse, pues, en este sentido, que son individualistas –y también más sinceros- que los de García Lorca, Alberti o Manuel Machado, lo que no significa que en la expresión íntima de un poeta no puedan reconocerse los lectores porque, precisamente, en esa capacidad de trascendencia, radica su grandeza. (…). Miguel Hernández no busca en el cantar popular la comunicación con el pueblo, como se ha llegado a decir. Esa comunicación sí es tema condicionante de Viento del pueblo y de gran parte del resto de su poesía descriptiva. Al buscarse a sí mismo en lo más hondo, surgen en Miguel Hernández, que es pueblo, que es clarísima extracción popular, las formas tradicionales como sintética expresión de lo que es más sentido (37).
Si el paralelismo es una característica observable en este tipo de poesía, este recurso también se da en el Cancionero y romancero de ausencias, junto con el de oposiciones léxicas y conceptuales. Víctor García de la Concha seña las siguientes (38):


Muerte / Vida
Remoto / Próximo
Ayer / Mañana
Perder / Hallar
Turbio / Claro
Silencio / Palabra
Odio / Amor
Luna / Sol
Sombra / Luz
Hoyo / Bóveda



Claro ejemplo de lo que se viene diciendo es el poema 13:


Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
en toda la vida.
Ascienden los labios
eléctricamente
vibrantes de rayos,
con todo el furor
de un sol entre cuatro.
Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte.
Descienden los labios,
con toda la luna,
pidiendo su ocaso,
del labio de arriba,
del labio de abajo,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 690))



Con el motivo del “beso”, como manifestación de la relación amorosa, el poema se estructura en torno a dos unidades que oponen un amor pleno a un amor que se vive con dolor, expresado todo ello a través de imágenes, de alcance cósmico, que desarrollan la oposición vida / muerte.
Concentración, depuración y aparente sencillez, serían las palabras adecuadas para definir estos poemas. Miguel Hernández, para mostrar su mundo interior, elimina todo lo accesorio y se ajusta a lo esencial. Hay poemas que se construyen con palabras que se repiten a lo largo del poema en lugares diferentes del mismo. Un ejemplo ilustrativo es el poema 25:


Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 694)



Vida, amor y muerte definen el mundo poético hernandiano, tres heridas que reflejan su concepción de la existencia. La vida, el amor y la muerte como elementos determinantes de cualquier existencia. Tres heridas, la de la vida, la de la muerte y la del amor, que también marcan la existencia del poeta.
Los poemas del Cancionero y romancero de ausencias, según Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia (39), se explican por tres hechos:


1. El desarrollo de la guerra.
2. El nacimiento y la muerte del primer hijo.
3. La estancia de Miguel Hernández en la cárcel.


Estas tres circunstancias aclaran que el tema de la “ausencia” aparezca ya en el título mismo del libro, puesto que la obra viene a ser un “diario íntimo” en el que la ausencia es una realidad siempre presente, vista, escuchada, aspirada, tocada, probada y sentida:



Ausencia en todo veo:
tus ojos la reflejan.
Ausencia en todo escucho:
tu voz a tiempo suena.
Ausencia en todo aspiro:
tu aliento huele a hierba.
Ausencia en todo toco:
tu cuerpo se despuebla.
Ausencia en todo pruebo:
tu boca me destierra.
Ausencia en todo siento:
ausencia, ausencia, ausencia.

(OC, tomo I, Poesía, págs. 695-696, poema 29)



Como hemos dicho, la guerra origina la primera ausencia, ya que sólo causa muertes y destrucción. El poeta es consciente de ello y defiende que las únicas guerras válidas son la del diálogo y la del amor:


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.

(OC, tomo I, Poesía, pág, 712)



La muerte del segundo hijo, segunda ausencia, hace que el poeta, padre profundamente herido por este desgraciado suceso, se lamente, una y otra vez, por dicha pérdida, bien en poemas breves o , bien, en poemas más extensos, como el 44:


Fue una alegría de una sola vez,
de esas que no son nunca más iguales.
El corazón, lleno de historias tristes,
fue arrebatado por las claridades.

Fue una alegría como la mañana,
que puso azul el corazón y grande,
más comunicativo su latido,
más esbelta su cumbre aleteante.

Fue una alegría que dolió de tanto
encenderse, reírse, dilatarse.
Una mujer y yo la recogimos
desde un niño rodado de su carne.


Fue una alegría en el amanecer
más virginal de todas las verdades.
Se inflamaban los gallos, y callaron
atravesados por su misma sangre.

Fue la primera vez de la alegría
la sola vez de su total imagen.
Las otras alegrías se quedaron
como granos de arena entre los mares.

Fue una alegría para siempre sola,
para siempre dorada, destellante.
Pero es una tristeza para siempre,
porque apenas nacida fue a enterrarse.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 702)



La cárcel, tercera ausencia, aleja al poeta de los seres más queridos (la mujer y el segundo hijo, Manuel Miguel). Pero también en la cárcel el hombre puede sentirse libre, porque el espíritu no puede ser encarcelado. En el poema 64, “ANTES DEL ODIO”, observamos a un hombre encarcelado, que se siente libre (“sólo por amor”) y con el orgullo y la dignidad de mantener su sonrisa y su voz (“¿Quién encierra una sonrisa? / Quién amuralla una voz? ”), a pesar del odio que ha caído sobre él (“Odio, vida: ¡cuánto odio / sólo por amor!)


Beso soy, sombra con sombra,
beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me lo bebo yo,
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida:¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.



Sólo por amor odiado.
Sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Esperanza, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.


Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.


No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.





(OC, tomo I, Poesía, págs. 718-720)



La guerra y la cárcel llevan a Miguel Hernández a reflexionar sobre la condición humana, meditación que ya había iniciado en El hombre acecha. La vida se convierte en una pesadilla, pues el odio y el rencor están siempre presentes imponiéndose al amor (poema 58):

Bocas de ira.
Ojos de acecho.
Perros aullando.
Perros y perros.
Todo baldío.
Todo reseco.
Cuerpos y campos,
cuerpos y cuerpos.

¡Qué mal camino,
qué ceniciento,
corazón tuyo,
fértil y tierno!

(OC, tomo I, Poesía, pág. 711)


En la cosmovisión hernandiana sólo el amor puede salvar al ser humano. La unión de los cuerpos del hombre y de la mujer hará que la vida se continúe con el nacimiento del hijo, que perpetuará a los padres hasta la eternidad. La relación amorosa se describe aludiendo directamente a los atributos sexuales de la mujer –los pechos, las piernas y, sobre todo, el “vientre claro y profundo”- y al mismo acto sexual, como se puede observar en estos versos del grandioso poema 61, “HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA” (I):


El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 713)



La fecundación del vientre femenino traerá consigo el nacimiento del hijo y, con él, la esperanza (poema 63):


Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro,
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 718)



Y es que, en esta meditación sobre la existencia, Miguel Hernández considera que hay que oponer el amor a la guerra para, así, acabar con tanto odio y dolor. A causa de la guerra, las mujeres ocultan sus vientres, porque no quieren tener hijos destinados a morir en el frente, tal como se indica en estos versos del comienzo del poema 78, “GUERRA”:


Todas las madres del mundo
ocultan el vientre, tiemblan,
y quisieran retirarse
a virginidades ciegas,
el origen solitario
y el pasado sin herencia.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 729)



En este contexto ha de interpretarse el tríptico de “HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA”. En él, el amor se representa a través de imágenes telúrico-cósmicas. La unión amorosa no es algo aislado de dos seres humanos, sino que es presidida y exigida por las fuerzas del Universo. Cuando los cuerpos del hombre y de la mujer chocan y se entrelazan, la tierra y el firmamento se estremecen. El hijo, como se ha dicho más arriba, será el resultado del choque de los cuerpos de los esposos. De esto le habla el esposo a la esposa en “HIJO DE LA SOMBRA” (I):


Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol adonde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de la mañana y de los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
un avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama,
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

(OC, tomo I, Poesía, págs. 713-714)



Como dice Juan Cano Ballesta (40), “La esposa es el alba, aún entornada, pero fulgurante, que alumbra el sol naciente del ´hijo de la luz y de la sombra´, fruto del choque entre la noche, elemento femenino, y el día, elemento masculino de la creación”. Los esposos, se afirma en “HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA” (III), se prolongarán en el hijo y habrán contribuido a la continuación de la humanidad:


Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden retener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.

Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían qué grabada tengo allí su figura.

Para siempre en el hijo fundidos quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva:
donde sienten su alma las manos y el aliento
las hélices circulen, la agricultura viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.



Éste es el mensaje de Miguel Hernández: sólo quien ama vive y es. Con palabras de Juan Cano Ballesta (41): “Amar es vivir la vida en toda su plenitud. Amar es ser. La abstención de realizar esa exigencia telúrica impuesta por la naturaleza es negarse a ser, es un acto de signo negativo. En la escala de valores del pensamiento hernandiano es la negación y oposición al valor más excelso : la vida”:


No quiso ser.

No conoció el encuentro
del hombre y la mujer.
El amoroso vello
no pudo florecer.
Detuvo sus sentidos
negándose a saber
y descendieron diáfanos
ante el amanecer.
Vio turbio su mañana
y se quedó en su ayer.

No quiso ser.

(OC, tomo I, Poesía, pág. 686)



Voy a finalizar esta aproximación a la poesía de Miguel Hernández con la última estrofa del poema 137, uno de los últimos poemas de este escritor, poema titulado





“ETERNA SOMBRA”, texto en el que aparece un ser humano, Miguel, que es capaz de superar el abatimiento y el hundimiento que siente al verse “precipitado en la sombra”, pues confía en que ésta será vencida por la luz. Miguel, una vez más, apuesta por la esperanza, por la vida, a pesar de estar encarcelado y gravemente enfermo:


Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.



El hombre y su poesía es el título de una antología de la poesía de Miguel Hernández preparada por Juan Cano Ballesta (42). Al hombre y a su poesía, me he referido a lo largo de estas notas, al itinerario poético y humano que Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia (43) resumen con estas palabras:

“Desde lo barroco a lo existencial, a lo amoroso, a lo combativo, a lo testimonial y a lo desgarradamente elegiaco, la voz de Miguel Hernández se alza como una de las más auténticas y sinceras de la poesía castellana”.





Emilio Rucandio Palomar

Valencia, 4 de enero de 2011







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