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[viernes 20 de mayo de 2011]
MIGUEL HERNÁNDEZ: UN POETA COMUNICANTE
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Por Emilio Rucandio.
A ALFREDO SANTO JUAN, oriolano y hernandiano de siempre, por su amistad y magisterio.
Los ´poetas comunicantes ´
Mario Benedetti tiene un libro titulado Los poetas comunicantes (Benedetti: 1972), título que vamos a tomar como punto de partida para hablar de Miguel Hernández como un escritor y, fundamentalmente, un poeta “comunicante”. El libro de Benedetti contiene un conjunto de entrevistas a los escritores Roberto Fernández Retamar, Juan Gelman, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Carlos María Gutiérrez, Roque Dalton, Idea Vilariño, Gonzalo Rojas, Eliseo Diego y Jorge Enrique Adoum. En la contraportada se dice de Benedetti y de los poetas entrevistados lo que se podría afirmar del propio Miguel Hernández, aunque, claro está, aplicándolo a la poesía española: “ … Mario Benedetti y los diez poetas congregados (…) reivindican la gran tradición poética hispanoamericana, evidenciando su voluntad comunicatoria y social, su enraizamiento en la historia del siglo XX”. Por otra parte, en el PRÓLOGO, el autor uruguayo postula una concepción de la poesía que, personalmente, considero que el poeta por antonomasia de la Guerra Civil, Miguel Hernández, defendió en sus escritos (Benedetti, 1972 : 14-17): ”El título de este libro tiene (…) una doble significación. ´Poetas comunicantes´ significa, en su acepción más obvia, la preocupación de la actual poesía latinoamericana en ´comunicar´, en llegar a su lector, e incluirlo también a él en su buceo, en su osadía, y a la vez en su austeridad. Pero quiere decir algo más. Poetas comunicantes son también ´vasos comunicantes´. O sea el instrumento (o por lo menos ´uno´ de los instrumentos (sin duda el menos publicitado) por el cual se comunican entre sí distintas épocas, distintos ámbitos, distintas acepciones, distintas generaciones (…), una de las contestaciones con la que me siento especialmente solidario, es la que deja caer el chileno Gonzalo Rojas: ´Tenemos que pasar a asumir una conducta tal, que por un lado tengamos fuerte el oficio, y por otro tengamos firme la amarra con la revolución´. Sé que muchos pensarán que el logro y el mantenimiento de esta doble fidelidad representan sencillamente un imposible, pero ¿qué habría sido hasta ahora de la poesía y de la revolución si sólo se hubieran propuesto la conquista de lo posible?” Hasta aquí la cita de Mario Benedetti, que nos lleva a pensar en Miguel Hernández como en un poeta comunicante porque quiere comunicar, porque forma parte de los vasos comunicantes y porque tiene fuerte el oficio de poeta y firme la amarra con la revolución. Efectivamente, la “voluntad comunicatoria y social”, se hace explícita a partir del momento en que escribió “Sonreídme” y “Alba de hachas”, poemas que muestran una clara toma de postura de un hombre-poeta ante el acontecer histórico, actitud que se contrapone a lo que ha estado manifestando hasta ese momento: frente a un catolicismo reaccionario, un compromiso social, que reniega de doctrinas que predican resignación, obediencia, sacrificio, etc., y que, en el fondo, fundamentan y justifican la injusticia social, como muy bien estudió en su momento Agustín Sánchez Vidal (1976). Una aclaración: aunque los dos poemas mencionados son anteriores al comienzo de la Guerra Civil, no obstante, ya en estos momentos, Miguel necesita comunicar (el título del primer poema implica la función apelativa, mediante la cual se desea captar la atención del receptor con el imperativo “sonreíd(me)”), necesita comunicar, decía, qué pretende al escribir y por qué y para qué lo hace: situarse del lado de los excluidos (pues él es también una víctima más de los poderosos) y frente a quienes no les respetan sus derechos humanos; a la vez, exhorta a los marginados a luchar activamente por su dignidad, por lo que les corresponde, ya que, cuando las clases sociales privilegiadas y dominantes actúan, sin ningún tipo de escrúpulo, contra los más humildes y necesitados, estos tendrán que responder colectiva y violentamente, pues las injusticias son tantas que, llega un momento, en que hasta los pacientes pierden su paciencia y se desata la impaciencia (1)
Agrupo mi hambre, mis penas y estas cicatrices que llevo de tratar penas y hachas a vuestras hambres, vuestras penas y vuestra herrada carne, porque para calmar nuestra desesperación de toros castigados habremos de agruparnos oceánicamente (520).
Por otra parte, además de las características mencionadas más arrriba sobre los poetas comunicantes, Mario Benedetti, en el libro ya citado, explica que el poeta convive con una atmósfera que le permite respirar y seguir adelante en su conformación como escritor, para, a la vez que parte de unas raíces, configurar un mundo personal con unas señas de identidad muy precisas, tal como sucede, diríamos nosotros, con Miguel Hernández:
Los narradores actuales son en alguna medida parricidas con respecto a sus antecesores; los poetas, en cambio, son en todo caso hijos díscolos, hijos rebeldes, pero ´hijos´ al fin, que de ningún modo desconocen cuanto debe su propia obra a los monstruos sagrados de la poesía continental. Pero lo más importante a efectos de establecer diferencias con respecto a lo sucedido en la prosa, es que en poesía no hay un salto cualitativo, sino un proceso de calidades; no hay una ruptura que modifique sustancialmente el ritmo y el rumbo de creación. Los nuevos poetas experimentan, vanguardizan, tienen osadía; pero eso también pudo y puede decirse de sus mayores. En todo caso, lo que cambió fue el lenguaje (cada vez más despojado) y la clave comunicativa (cada vez más abierta). Pero no hubo grandes conmutaciones, en el afán experimental, ni mucho menos, en la persistente intención de llegar hasta el hueso (…); en poesía, el dignísimo nivel actual es consecuencia de una evolución” (Benedetti : 1972: 13-14).
Por su parte, Vicente Aleixandre, cinco años después, insiste en lo mismo, en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura (1977), acto en el que defiende que su generación ha bebido de la fuente de la tradición, mediata e inmediata, para aportar a la historia de la literatura su propio caudal poético y, así, continuar con la renovación literaria. Por eso, para él, la poesía es “tradición” y “revolución”, dos palabras idénticas, afirma:
Desde la tribuna en la que ahora me dirijo a vosotros quiero, pues, asociar mi palabra a la de todo ese plantel generoso de compatriotas míos que desde otra edad y en las más diversas vías nos formaron y nos permitieron, a mí y a mis compañeros de generación, alcanzar un sitio desde el que pudiésemos hablar con una voz tal vez genuina o propia.
Y no me refiero solo a esas figuras que constituyen la tradición inmediata, siempre la más visible y decisiva. Aludo también a la otra tradición, la mediata, si más remota en el tiempo, capaz de enlazar cálidamente con nosotros, la tradición formada por nuestros clásicos del Siglo de Oro, Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, con la que también nos hemos sentido vinculados, y de la que hemos recibido no pocas esencias. España pudo renacer y renovarse gracias a que, a través de la generación de Galdós y luego a través de la generación del 98, se desobturó, digámoslo así, y se hizo accesible y fluyó abundantemente toda la savia nutricia que nos llegaba del más remoto pasado. La generación del 27 no quiso desdeñar nada de lo mucho que seguía vivo en ese largo pretérito, abierto de pronto ante nuestra mirada como un largo relámpago de ininterrumpida belleza. No fuimos negadores, sino de la mediocridad; nuestra generación tendía a la afirmación y al entusiasmo, no al escepticismo ni a la taciturna reticencia. Nos interesó vivamente todo cuanto tenía valor, sin importarnos donde éste se hallase. Y si fuimos revolucionarios, si lo pudimos ser, fue porque antes habíamos amado incluso aquellos valores contra los que ahora íbamos a reaccionar. Nos apoyábamos fuertemente en ellos para poder así tomar impulso y lanzarnos hacia delante en brinco temeroso al asalto de nuestro destino. No os asombre, pues, que un poeta que empezó siendo superrealista haga hoy la apología de la tradición. Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas.
Lo que dice Vicente Aleixandre es válido para Miguel Hernández quien, por una parte, fue desde el arte culto del neogongorismo de Perito en lunas hasta el tradicional-popular del Cancionero y romancero de ausencias y los poemas del mismo ciclo, y, por otra, su pasión por la poesía le llevó a leer todo lo que pudo para, así, formar un sustrato (tradición inmediata y mediata) en el que apoyarse para ir configurando sus propias señas de identidad literarias. Por otra parte, Miguel vivió en un ambiente literario en el que convivió un conjunto de extraordinarios escritores, circunstancia que fue aprovechada por el oriolano, joven con vocación de poeta y que no estaba dispuesto a desaprovechar la riqueza cultural del Madrid anterior a la Guerra Civil. En definitiva, aprendió de los demás todo lo que pudo, ya que, por otra parte, tenía un gran talento y una gran capacidad de trabajo para desarrollar el oficio de poeta, esto es, para, como diría Don Antonio Machado, no ser un eco, sino una voz. Esta atmósfera artística de los años treinta, tan bien estudiada por Juan Cano Ballesta (1972), fue fundamental en el quehacer literario de Miguel Hernández y constituye lo que Vicente Aleixandre, en el discurso anteriormente citado, denomina la “tradición horizontal”:
Y luego la tradición, no vertical, sino horizontal, la que nos acorría como aliciente y fraternal emulación desde nuestros costados, al lado mismo de nuestro camino. Me refiero a aquel otro grupo de jóvenes (cuando yo lo era también) que corría con nosotros en la misma carrera.¡Qué suerte la mía poder vivir y tener que hacerme junto a poetas tan admirables como los que yo hube de conocer y asumir en calidad de coetáneos míos! A todos los amé, uno a uno. Y los amé, justamente porque yo buscaba otra cosa que solo era posible hallar por diferenciación y contraste respecto de aquellos poetas, mis compañeros. Nuestro ser sólo alcanza, su verdadera individualidad junto a los demás, frente al prójimo. Cuanta mayor calidad tenga ese contorno humano en el que nuestra personalidad se hace, tanto mejor para nosotros. Puedo decir que también yo aquí he tenido la fortuna de haber realizado mi destino desde una de las mejores compañías posibles. Hora es nombrarla en su total multiplicidad: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda.
El mérito de Miguel Hernández es que no solo logró hacerse un hueco entre tanto poeta consagrado, sino que lo hizo, a pesar de los pocos recursos económicos con los que contaba y de no tener tan completa formación académica como ellos. Su pasión por la escritura, su inteligencia para saber sobrevivir en el mundo literario y la forma de vincular la experiencia vital (la suya y la de los demás) y la poesía han dado como resultado que, para muchos, Miguel Hernández sea un escritor imprescindible. Así pues, una primera definición del poeta comunicante es la de aquel que dialoga con la tradición vertical y horizontal. Ahora bien, la otra característica del poeta comunicante es la de llegar al lector y hacerle partícipe de su palabra comunicante, pues el poeta no solo escribe para él, sino, también, para sus semejantes. Esta finalidad, no por obvia, es menos importante: el poeta comunicante pretende implicar al lector-oyente para que este participe de lo que el escritor le comunica. Se espera, pues, la participación de los receptores ante unos poemas que les interpelan ( cfr. Claudio Rodríguez : 1992), lo cual es lo propio de lo que Vicente Aleixandre denomina “vocación comunicativa”. El poeta, incardinado en una tradición vertical y horizontal, ha de ir recorriendo su particular camino poético. Ahora bien, si quiere ser un poeta comunicante, ha de ser un poeta de mayorías, si no en cuanto al número de lectores (que ese es otro problema), sí por su actitud, esto es, por su voluntad de serlo. Para conseguirlo, tiene que referirse a lo que Antonio Machado denominaba “universales del sentimiento”, es decir, a temas, sentimientos, emociones, deseos, etc., que, siendo individuales, puedan ser compartidos y trasciendan lo personal y sus circunstancias. Pero oigamos nuevamente a Vicente Aleixandre:
Unos poetas ¬ -otro problema es éste, y no de expresión sino de punto de arranque -son poetas de ´minorías´. Son artistas (no importa el tamaño) que se dirigen al hombre atendiendo, cuando se caracterizan, a exquisitos temas estrictos, a refinadas parcialidades (¡qué delicados y profundos poemas hizo Mallarmé a los abanicos!); a decantadas esencias del individuo expresivo de nuestra civilización. Otros poetas (tampoco importa el tamaño) se dirigen a lo permanente del hombre. No a lo que refinadamente diferencia, sino a lo que esencialmente une. Y si le ven en medio de su coetánea civilización, sienten su puro desnudo irradiar inmutable bajo sus vestidos cansados. El amor, la tristeza, el odio o la muerte son invariables. Estos son poetas radicales y hablan a lo primario, a lo elemental humano. No pueden sentirse de ´minorías´. Entre ellos me cuento. Por eso, el poeta que yo soy tiene, como digo, vocación comunicativa. Quisiera hacerse oír desde cada pecho humano, puesto que, de alguna manera, su voz es la voz de la colectividad, a la que el poeta presta, por un instante, su boca arrebatada.
Quizás, después de las palabras anteriores sobre la “vocación comunicativa” de Vicente Aleixandre, podamos entender mejor por qué, precisamente a él, van dirigidas las hermosas palabras y el esperanzador mensaje poético-ético con que se abre Viento del pueblo (1937), dedicatoria que no me resisto a no transcribir a pesar de ser tan conocida:
Vicente: A nosotros que hemos sido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres. Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo, y cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. Ante la sombra de dos poetas nos levantamos otros dos, y ante la nuestra se levantarán otros dos de mañana. Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo. Sólo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre honrada del poeta derrama vibrante. Aquel que se atreve a manchar esas manos, aquellos que se atreven a deshonrar esa sangre, son los traidores asesinos del pueblo y de la poesía, y nadie los lavará: en su misma suciedad quedarán cegados. Tu voz y la mía irrumpen del mismo venero. Lo que echo de menos en mi guitarra lo hallo en la tuya. Pablo Neruda y tú me habéis dado pruebas imborrables de poesía, y el pueblo hacia el que tiendo todas mis raíces, alimenta y ensancha mis ansias y mis cuerdas con el soplo cálido de sus movimientos nobles. Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo (550).
En este contexto, no puede sorprender que Miguel Hernández, poeta con “vocación comunicativa”, no solo sea un ejemplo de lo expuesto, en cuanto al intento de que su mensaje llegue a los lectores o a los oyentes, sino que, además, exhorta a los poetas más destacados de su tiempo a que tomen conciencia de su responsabilidad ante una sociedad que, en tiempos de guerra y de irracionalidad, necesita de palabras poéticas, que no sean vanas, y de poéticas que estén vinculadas a una ética, ya que el escritor debe asumir un compromiso con su sociedad, compromiso que se manifiesta a través de lo que hace y de lo que escribe, de su comportamiento humano y de sus textos literarios. Si hay un poeta que “predicó con el ejemplo”, este fue Miguel Hernández, tal como sostiene Eutimio Martín (Eutimio Martín : 469). Por eso es tan significativo el poema “Llamo a los poetas”, que pertenece a El hombre acecha (1938; editado en febrero de 1939, no se puudieron publicar los ejemplares que se estaban imprimiendo, porque los vencedores lo impidieron), libro que, junto con Viento del pueblo (1936-1937; 1937), forman el ciclo fundamental de los poemas de la Guerra Civil. Hagamos un breve recorrido por el citado poema para ver qué pretende defender el poeta oriolano ante reconocidos compañeros de profesión. En los versos 1-12, Miguel se sitúa entre los poetas a quienes se dirige (a los cuales se refiere, bien con el nombre, bien con el apellido) y destaca a Vicente Aleixandre y a Pablo Neruda para confesarles que el reino del poeta sí es de este mundo y que su silla, su lugar, está en la tierra. Hay que recordar que Residencia en la tierra (1935), de Pablo Neruda, es acogido con un gran entusiasmo por Miguel y que a Vicente Aleixandre le pide un ejemplar de La destrucción o el amor (1933; 1935), ya que no tenía dinero suficiente para comprarlo. Concretamente en el diario madrileño El Sol del día 2 de enero de 1936, después de hacer el elogio del libro de Pablo Neruda, Miguel Hernández contrapone la poesía torrencial, amazónica, y grandiosa (bíblica), del chileno, a la poesía de arroyuelo, basada en la forma breve, en la rima, en el ingenio y en el primor, de la que hace una acerba crítica:
Ante su voz desmesurada y poderosa, ¡qué ridículos encuentro el romancillo, la cosita, los cuatro versos tartamudos, verbales, vacíos, incoloros, ingeniosos; el poemilla relamido y breve, que tantos cultivan y acatan! Estoy harto de tanto arte menor y puro. Me emocionan la confusión desordenada y caótica de la Biblia, donde veo espectáculos grandes, cataclismos, desventuras, mundos revueltos, y oigo alaridos y derrumbamientos de sangre. Me revienta la vocecilla mínima que se extasía ante un chopo, le dispara cuatro versitos y cree que ya está todo hecho en poesía. Basta de remilgos y empalagos de poetas que parecen confiteras, todo primor, todo punto de dedo azucarado. Pido poetas de las dimensiones de Pablo Neruda para acabar con tanta confitura rimada (2157).
Con el inicio de la guerra, en “Llamo a los poetas” (674-675), Miguel, el poeta-soldado, lucha por unos ideales, que defienden que la poesía no ha de ser mero jueguecito brillante e intranscendente cuando está en peligro la vida, una vida basada en la justicia y en la libertad. Este ha de ser el deber ético del poeta que quiera estar a la altura de las circunstancias: ser un hombre entre los demás que, además, ha de dar ejemplo. Por eso, después de declarar su agradecimiento por haber contado con la compañía y el cariño de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, a quienes, no lo olvidemos, les ha dedicado El hombre acecha y Viento del pueblo, respectivamente, apela a otros poetas a debatir sobre el quehacer poético en circunstancias tan difíciles:
Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra: tal vez porque he sentido su corazón cercano al mío. Con ellos, me he sentido más arraigado y hondo, y además menos solo. Ya vosotros sabéis lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo. Andando voy, tan solos yo y mi sombra.
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias, Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio, Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos: por lo que enloquecemos lentamente.
En los versos 13-32, Miguel desarrolla el “hablemos” anterior y, además de concretar los temas que han de tratar los poetas (el amor, sobre todo, el trabajo y sus frutos, es decir, lo natural, la vida, y lo puro, frente a la suciedad moral de determinadas actitudes), insiste en qué comportamientos personales (actitudinales) han de erradicar los poetas, si no quieren distanciarse del ser humano, y traicionar a sus semejantes, pues para poder cantar con emoción y comunitariamente y hablar de la vida y de lo humano (“de las cosas del mundo frente al hombre”), hay que abandonar la pedantería, la solemnidad, la fría erudición, el aula, la biblioteca y el museo y, además, hay que confraternizar (comunidad de los poetas) y no rivalizar, envidiar y atacarse:
Quitémonos el pavo real y suficiente, la palabra con toga, la pantera en acechos.
¿Y dónde mejor comunicarse, dialogar, expresar sus sentimientos y llegar a unos acuerdos entre compañeros que debajo de la copa del árbol del poeta que fue asesinado? El conjunto de versos 38-48 hace hincapié, poniendo como ejemplo la sangre derramada de Federico, en que ser poeta supone pertenecer a una familia sacrificada (“Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre”). Finalmente, Miguel se dirige (ahora mediante los nombres) a los poetas destinatarios de su mensaje, encabezando la relación con el nombre de Federico, como síntoma de que el poeta granadino permanece en el corazón de Miguel, y les propone una poesía humana y auténtica, pues es necesario desenmascarar a los que mienten, y más aún cuando se trata de conseguir un mundo basado en la justicia:
Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio, Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael, Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe. Hablemos sobre el vino y la cosecha.
Si queréis, nadaremos antes en esa alberca, en ese mar que anhela transparentar los cuerpos. Veré si hablamos luego con la verdad del agua, que aclara el labio de los que han mentido.
Por eso, si un poeta ha arraigado en el pueblo, en la sociedad, en el ser humano, y le ha ido ofreciendo los senderos de la belleza para que camine por ellos, cuando muere, y más aun, cuando es asesinado por los que quieren mantener al pueblo alejado de la belleza y de la cultura, no solo el ser humano, sino, incluso, toda la creación se sienten agredidos en lo más profundo de su ser, y el universo entero se viste de luto y se llena de dolor. Ante el asesinato de su admirado Federico García Lorca, Miguel Hernández desea el castigo de los culpables en la “ELEGÍA PRIMERA”:
Tú, el más firme edificio, derribado, tú, el gavilán más alto,desplomado, tú, el más grande rugido, callado, y más callado, y más callado.
Caiga tu alegre sangre de granado, como un derrumbamiento de martillos feroces, sobre quien te detuvo mortalmente.
Salivazos y hoces caigan sobre la mancha de su frente.
Muere un poeta y la creación se siente herida y moribunda en las entrañas. Un cósmico temblor de escalofríos mueve temiblemente las montañas, un resplandor de muerte la matriz de los ríos.
Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos, veo un bosque de ojos nunca enjutos, avenidas de lágrimas y mantos: y en torbellinos de hojas y de vientos, lutos tras otros lutos y otros lutos, llantos tras otros llantos y otros llantos (553-554).
En definitiva, los poetas han de tener en cuenta a su pueblo y este a sus poetas. Miguel Hernández cree que hay un vía de comunión-comunicación entre los poetas y el pueblo y entre el pueblo y los poetas.
2. ¿Por qué Miguel Hernández es un poeta comunicante?
Si creemos que Miguel Hernández es un poeta necesario, es porque sus poemas no nos dejan indiferentes, ya que su mensaje nos afecta en dos dimensiones: la histórica y la personal:
a) La histórica
La obra de Miguel Hernández recoge un período de nuestra historia, que es necesario no olvidar, si ya lo conocemos, y enseñar a quienes no lo conocen (también hay que reivindicarlo ante quienes defienden que no hay que remover el pasado…). No se puede vivir el presente como si el pasado no existiera, sobre todo cuando determinados aspectos de aquel se explican por este. Los ideales republicanos, el golpe de los “traidores asesinos del pueblo y de su poesía” y el apoyo de los regímenes fascistas italiano y alemán, la Guerra Civil, la derrota de los republicanos y la persecución, encarcelamiento y ejecuciones de los vencidos constituyen páginas, que no hay que pasar sin leerlas, de ese libro de la triste y espaciosa España, madrastra llena de miseria material y espiritual, presente en la obra de Miguel, cuya historia personal refleja la de los vencidos y humillados, entre quienes se encontraban, por supuesto, personas de origen humilde que se rebelaron contra sus verdugos: Franco, Mussolini y Hitler. Para Miguel Hernández,“Franco el soberanito”, “rencoroso” , “resentido” y “asesino” era el representante del alemán y del italiano en España. A propósito de la cruel represión franquista sobre los vencidos, Óscar de Pablo (2010), en La Jornada- El Semanal de México, comenta que:
Fueron también miles los que, tras la derrota de 1939, cayeron en las cárceles de Franco para no salir de ellas, sabiendo que sus familias pasaban literalmente hambre, pasando hambre ellos mismos. Hasta aquí, ésta es la trayectoria típica de toda una generación de españoles pobres. En cierto modo, es la historia común de las grandes mayorías de cualquier época y de cualquier país. Terriblemente simple, es apenas la historia universal del hambre…
El hambre y la pobreza que tanto le preocupan a Miguel y contra las que luchó, porque, en estas circunstancias, no se puede ser relativista, ya que la realidad se nos impone: están los ahítos y los desnutridos, los ricos y los pobres, los niños acomodados y los niños yunteros con cara de ancianos, las víctimas y los verdugos. La obra de Miguel no da la espalda a esta injusta organización social que crea situaciones que atentan contra los derechos más elementales: el derecho a una vida digna en la que cualquier ser humano pueda tener garantizadas necesidades tan básicas como la alimentación, la posibilidad de vivir una infancia sin ningún tipo de abusos y un acceso a la educación. De todo ello habla Miguel en “EL HAMBRE”, poema de El hombre acecha , y en la prosa “EL HIJO DEL POBRE”, texto publicado en Frente Sur. núm 6, 8-4-1937 con el seudónimo de Antonio López. En “EL HAMBRE” (663-665), poema que se compone de dos partes, el poeta, en la primera, se dirige a los hambrientos, a los, nunca mejor dicho, “muertos de hambre”, para que no se olviden del hambre que les han hecho pasar sus explotadores (“ellos”) contra los que el poeta con su pueblo (“nosotros”) se han de enfrentar “hambrientamente”:
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo.
El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres.
Los años de abundancia, la saciedad, la hartura, eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres, aquí estoy, aquí estamos.
Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento.
Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.
Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices, heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos.
(…)
En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
En la segunda parte, el poeta afirma que quien queda marcado por el hambre (el hambriento) ha de luchar para que sus sentimientos y su comportamiento sean los propios del ser humano y no los de un animal feroz dominado por el hambre. Por eso, pide ayuda (“Ayudadme a ser hombre”) para no dejarse llevar por reacciones propias de los animales, petición (“Dejadme la esperanza”) en la que volverá a insistir en su “CANCIÓN ÚLTIMA” del mismo libro, El hombre acecha. Y es que se trata de evitar que una situación de injusticia haga que el animal, la bestia, se imponga a la condición humana o, con versos de la “CANCIÓN PRIMERA”, que el regreso al tigre sustituya al hombre que acecha al hombre (“He regresado al tigre. Aparta, o te destrozo. // Hoy el amor es muerte/ y el hombre acecha al hombre”). La dignidad humana no puede permitir que el hambriento aceche al hambriento y le dispute un pedazo de pan. Oigamos lo que dice Miguel en esta segunda parte del poema que estamos comentando:
El hambre es el primero de los conocimientos: tener hambre es la cosa primera que se aprende. Y la ferocidad de nuestros sentimientos, allá donde el estómago se origina, se enciende.
Uno no es tan humano que no estrangula un día pájaros sin sentir herida la conciencia: que no sea capaz de ahogar en nieve fría palomas que no saben si no es de la inocencia.
El animal influye sobre mí con extremo, la fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones. A veces, he de hacer un esfuerzo supremo para acallar en mí la voz de los leones.
Para evitar esa lucha entre animales que marcan su terreno, Miguel apela a la solidaridad de los hambrientos, de los obreros, como un valor por el que hay que luchar, aunque, reconoce que, a veces, también a él, le resulta difícil ser hombre y, por ello, pide ayuda y ofrece, a la vez, su ayuda a los demás:
Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido, tanto chacal prohijado, que el vino que me toca, el pan, el día, el hambre no tenga compartido con otras hambres puestas noblemente en la boca.
Ayudadme a ser hombre, no me dejéis ser fiera hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente. Yo, animal familiar, con esta sangre obrera os doy la humanidad que mi canción presiente.
En “EL HIJO DEL POBRE”, el otro texto al que me he referido más arriba, se rebela contra los privilegios que tienen los hijos de los ricos frente a la vida miserable que llevan los hijos de los pobres, discriminación que no hay que admitir y contra la que hay que luchar, si se quiere conseguir que los niños pobres puedan disfrutar de los derechos inalienables de la infancia. Es decir, habrá que erradicar las diferencias sociales, que determinan las condiciones de vida de las personas de forma injusta. Miguel está en contra de la resignación y de la pasividad: acción, lucha y rebeldía son necesarias para cambiar con estas arbitrarias desigualdades:
Al hijo del rico se le daba a escoger títulos y carreras: al hijo del pobre siempre se le ha obligado a ser el mulo de carga de todos los oficios. No le han dejado tiempo ni voluntad para elegir un camino en el trabajo. Se le ha empujado contra el barbecho, contra el yunque, contra el andamio; se le ha obligado a empuñar una herramienta que, tal vez, no le correspondía. Las universidades nunca han tenido puertas ni libros para los hijos pobres, que no han conocido en la niñez más alegría que la que da el mendrugo a los hambrientos, ni más descanso que un sueño de cinco horas. (…) Han pasado mis ojos por los pueblos de España:¿qué han visto? Junto a los hombres tristes y gastados de trabajar y mal comer, los niños yunteros, mineros, herreros, albañiles, ferozmente contagiados por el gesto de sus padres: los niños con cara de ancianos y ojos de desgracia. Ha sonado la hora de salvación para los niños que se hundían y nadie los levantaba; que se perdían en los surcos y nadie quería encontrarlos, que se desplomaban en los pozos minerales y nadie les tendía una mano. Mientras ellos: mientras nosotros éramos desterrados de la alegría, de los juegos y las fiestas, de la hermosura de vivir limpios y satisfechos; mientras nos comían el calor y el frío, los hijos de los ricos, por muy dignos de cuidar cerdos que fueran, gozaban de todo y sólo para ellos se abrían las aulas. La España infantil y pobre, oscura siempre, maltratada y oscura, comienza a clarear (2199).
Así estaba España. No lo olvidemos, para mantener los logros arrebatados a los ricos y, sobre todo, para que en el mundo haya cada vez menos niños pobres. Porque si nuestra memoria no es como la de los peces, la lectura de la poesía de Miguel Hernández (pongamos otro ejemplo, “EL NIÑO YUNTERO”, de Viento del pueblo) es un ejercicio útil para combatir la amnesia histórica y no correr el peligro de ser como los peces que, inmediatamente, olvidan todo. De esta capacidad para olvidar y de la necesidad de no olvidar nos habla el cantautor Ismael Serrano en la presentación de su disco La memoria de los peces (1998): “Una vez alguien me dijo que los peces no tienen memoria, que apenas en unos segundos olvidan lo que han vivido momentos antes. La memoria de hombres y mujeres me recuerda a menudo a la de los peces, hombres y mujeres que olvidan su historia, lo que han sentido, hombres y mujeres con amnesia abocados a repetir los mismos errores…”. En definitiva, bueno es leer Viento del pueblo, El hombre acecha y Cancionero y romancero de ausencias y los poemas del mismo ciclo para constatar cómo a través de la trayectoria poética del autor se recoge la trágica historia de la colectividad de la que forma parte. No nos debe extrañar, por ello, que el poeta y gran especialista hernandiano Leopoldo de Luis (Córdoba, 1918- Madrid, 2005), en una entrevista en la revista “El Urogallo” (1992), declare que “Miguel Hernández es la poesía social”, lo cual, aclaremos, no es un menosprecio, sino un elogio. Digo esto porque siempre ha habido quienes se han dedicado a descalificar a la llamada literatura social. Por lo que se refiere a los poemarios hernandianos, hay quienes siguen abundando en este tipo de valoraciones. En fin, los hechos, es decir, los poemas de Miguel Hernández demuestran que los prejuicios que, a la postre, son ideológicos, hacen que no se valoren, en su justo término, ciertas obras del autor. Indiscutiblemente, un poeta tendrá poemas mejores o peores, pero ello no tiene nada que ver, desde un punto de vista literario, ni con el tema ni con la actitud. Contra quienes constantemente desconfían de la llamada poesía social, política, cívica, etc., es conveniente hacer dos consideraciones:
1.ª Ya en la “Ponencia Colectiva del II Congreso de Intelectuales Antifascistas por la Defensa de la Cultura (Valencia, agosto de 1937)”, se debate la relación entre el arte, el compromiso y la revolución y se postula que el escritor ha de combinar, como diría Blas de Otero, los derechos de la poesía con los deberes de la misma, para, intentar lograr un equilibrio justo entre el carácter humano de lo expresado y la belleza y renovación exigibles a toda obra literaria. Es decir, los escritores firmantes no confundían la Literatura con las consignas políticas:
Una serie de contradicciones nos atormentaban. Lo puro, por antihumano, no podía satisfacernos en el fondo; lo revolucionario, en la forma, nos ofrecía tan sólo débiles signos de una propaganda cuya necesidad social no comprendíamos y cuya simpleza de contenido no podía bastarnos. Con todo y por instinto tal vez, más que por comprensión, cada vez estábamos más del lado del pueblo. Y hasta es posible que política, social y económicamente, comprendiésemos la Revolución. De todos modos, menos de un modo total y humano. La pintura, la poesía y la literatura que nos interesaba no era revolucionaria, no era una consecuencia ideológica o sentimental, o si lo era, lo era tan sólo en una pequeña parte, en la parte de una consigna política, que el problema quedaba en pie. De manera que, por otro lado, habíamos abominado del escepticismo, más por otro, no podíamos soportar la ausencia absoluta y total. En definitiva, cuanto se hacía en arte, no podía satisfacer un anhelo profundo, aunque vago, inconcreto de humanidad, y por otro, el de la Revolución, no alcanzaba tampoco a satisfacer ese mismo fondo humano al que aspirábamos, porque precisamente no era totalmente revolucionario. La Revolución, al menos la que nosotros teníamos por tal, no podía estar comprendida ideológicamente en la sola expresión de una consigna política o en un cambio de tema puramente formal. El arte abstracto de los últimos años nos parecía falso. Pero no podíamos admitir como revolucionaria, como verdadera, una pintura, por ejemplo, por el solo hecho de que su concreción, estuviese referida a pintar un obrero con el puño levantado, o con una bandera roja, o con cualquier otro símbolo, dejando la realidad más esencial sin expresar. Porque de esa manera resultaría que cualquier pintor reaccionario –como persona y como pintor- podía improvisar en cualquier momento una pintura que incluso técnicamente fuese mejor y tan revolucionaria, por lo menos, como la otra, con sólo pintar el mismo obrero con el mismo puño levantado. Con sólo pintar un símbolo y no una realidad. El problema era y debía ser de fondo; queríamos que todo el arte que se produjese en la Revolución, apasionadamente de acuerdo con la Revolución, respondiese ideológicamente al mismo contenido humano de esa Revolución, (…). La revolución no es solamente una forma, no es solamente un símbolo, sino que representa visualmente un contenido vivísimamente concreto, un sentido del hombre, absoluto, e incluso unas categorías perfectamente definidas como puntos de referencia de su esencialidad. Y así, para que un arte pueda llamarse, en verdad, revolucionario, ha de referirse a ese contenido esencial, implicando todas y cada una de esas categorías en todos y cada uno de sus momentos de expresión; porque, si no, hay que suponer que el concepto mismo de la revolución es confuso y sin perfiles y sin un contenido riguroso. Si no es así, si apreciamos sólo las apariencias formales, caeríamos en errores que, en otro cualquier plano, resultan groseramente inadmisibles. Como, por ejemplo, decir que es revolucionario dar limosna a un pobre. Todo eso sería tomar el rábano por las hojas y sólo por las hojas. Y, en último término, sabemos que, muy comúnmente, en esa piedad del limosnero hay no poca hipocresía y, “siempre”, una concepción del mundo, según tal orden preestablecido, que como pobre que no va nunca a dejar de serlo, hay que ayudarle. Pues bien, en el terreno de la creación artística y literaria, no es posible tampoco que lo más rico objetivamente, lo que tiene más posibilidades en el porvenir, admita una limosna, por más que sea bienintencionada en cuanto a voluntad personal. No queremos –aunque lo admitamos en cuanto a las necesidades inmediatas que para nada subestimamos, ya que de ellas dependen todas- una pintura, una literatura, en las que, tomando el rábano por las hojas, se crea que todo consiste en pintar o en describir, etcétera, a los obreros buenos, a los trabajadores sonrientes, etcétera, haciendo de la clase trabajadora, la realidad más potente hoy por hoy, un débil símbolo decorativo. No. Los obreros son algo más que buenos, fuertes, etc. Son hombres con pasiones, con sufrimientos, con alegrías mucho más complejas que las que esas fáciles interpretaciones mecánicas desearían. En realidad, pintar, escribir, pensar y sentir, en definitiva, de esa manera, es tanto como pensar que hay que emperifollar algo que realmente no necesita de afeites, es pensar y sentir que la realidad es otra cosa. Pues bien: nosotros declaramos que nuestra máxima aspiración es la de expresar fundamentalmente esa realidad, con la que nos sentimos de acuerdo poética, política y filsóficamente. Esa realidad que hoy, por las extraordinarias dimensiones dramáticas con que se inicia, por el total contenido humano que ese dramatismo implica, es la coincidencia absoluta con el sentimiento, con el mundo interior de cada uno de nosotros.” (2)
2.ª La segunda consideración que quiero hacer para reivindicar la tan denostada, por algunos, poesía social es la de que se tiene todo el derecho a tener una ideología y , no por ello, ser peor poeta y escribir peores poemas, Además, ¿quién está exento de ideología? A no ser que, como canta Ismael Serrano, no nos rebelemos contra quienes yendo contra nuestros derechos, “se empeñaron en matarnos la ideología” (“Mi vida, no hay derecho”). Mario Benedetti (1977 : 8-9), refiriéndose a su libro Letras de emergencia, argumenta así contra quienes se escandalizan cuando se habla de la poesía comprometida:
Aun cuando en lo personal asuma muchas veces una actitud digna y comprometida, el escritor latinoamericano por lo común se resiste con empecinamiento a comprometer su arte, y tiene la impresión de que se le mueve el piso cuando algún crítico califica su obra de panfletaria. No creo que Letras de emergencia sea un libro panfletario, pero esta afirmación es apenas una modesta constancia; entre otras cosas, porque estimo que el panfleto es un género tan legítimo como cualquier otro, con sus leyes propias y también con sus propias dificultades, un género que puede llegar a niveles óptimos de denuncia o de esclarecimiento. ¿Acaso ciertas intervenciones de Lenin, Fanon o el Che, no son obras maestras del género panfletario? De modo que cuando sostengo que este libro no es panfletario, no me estoy poniendo a salvo como escritor, ni mucho menos estoy esbozando un autoelogio. Simplemente creo que este libro es literatura, pero de emergencia: es decir, directamente motivada por la coyuntura, y también claramente destinada a desempeñar una función social o política, pero no como panfleto sino como literatura. Como autor de estos poemas, fábulas, etcétera, de intención política, no me propongo que tales textos dejen de ser literatura. Su primera vigencia debe ser por lo tanto la literaria. Y si cualquiera de estos textos no alcanza a cumplir con ella, no pasará a ser automáticamente un buen panfleto, sino más bien un producto literario malogrado. Ya mencioné que fue mi actual militancia política la que me llevó a rever ciertos prejuicios de escritor. Y me llevó a reverlos porque, en ese nuevo contexto, fui advirtiendo cada vez con mayor nitidez que el instrumento literario podía llegar a ser, en el plano político, un eficaz impulsor de ideas, siempre y cuando fuera, además, el costo exigido por la imaginación para transmitir una convicción profunda. La literatura de intención política obliga a una honda sinceridad, cualquier transgresión a esa regla de oro quedará inmediatamente en evidencia. El panfleto no debe, pero puede ser demagógico, sin que por ello pierda obligatoriamente su eficacia; en cambio, la literatura de intención política no puede consentirse semejante desvío. Le está permitido ser violenta, insultante, mordaz, demoledora, pero nunca insincera.
Pues bien, una de las características de Miguel Hernández, hiciese lo que hiciese, fue el deseo de sinceridad, de autenticidad. Él ya sabía, como más adelante afirmaría, un gran admirador de su poesía, Blas de Otero, que la poesía tiene sus derechos y deberes, de los que el autor bilbaíno habla en el poema titulado “CARTILLA POÉTICA”. Por su parte, Jorge Riechmann (Madrid, 1962), para mí, uno de los grandes intelectuales, además de poeta, que hoy tenemos, tiene un interesantísimo e ilustrador ensayo titulado Comprometerse y no aceptar compromisos (Notas sobre poesía y compromiso ético-político), del año 2001, del que extraigo algunas reflexiones sobre la relación entre la poesía y “lo social” para que, por lo menos, las tengan en cuenta quienes siempre desconfían del poeta que tiene en cuenta lo ético, lo político, el compromiso, etc.:
La vida, el amor, la fugacidad del tiempo, la muerte, son los grandes temas ´eternos y universales´ de la poesía, se nos dice por parte de quienes querrían mantenerla incontaminada por asuntos más mundanos, como los conflictos políticos. Pero en cuanto pensamos en la vida como la plenitud posible de la vida para todas y todos (¿y cómo si no podríamos aproximarnos al misterio de vivir?), ya tenemos “lo social” en la puerta de la gran casa roja de la poesía.(….)
Hay poesía política culpable: igual que hay poesía religiosa culpable, o poesía patriótica culpable.
Hay poesía política cursi: igual que hay poesía amorosa cursi, o poesía de la naturaleza cursi.
Hay poesía política falsa, o narcisista o engolada: igual que otras cuestiones –la poesía es capaz de abordarlas todas- pueden tratarse de forma falsa, narcisista o engolada. (…)
A mi entender, una de las conquistas irrenunciables de la poesía moderna es su autonomía (que hay que concebir dentro del intenso debate sobre la autonomía del arte): creo que la poesía no debe ponerse al servicio de nada, no debe ser instrumental (y debe evitar la instrumentalización política). Pero insisto siempre, con Brecht, en que no hay que confundir autonomía con autarquía o libertad de espíritu con narcisismo; la idea de que la poesía puede quedar contaminada cuando aborda ciertos temas o ciertas áreas de la realidad me repugna. Este tipo de exclusiones no deberían imponerse a la poesía: no existen áreas de la realidad por donde no pudiera aventurarse la poesía. Sostener que la poesía política ha de tener un lugar en la república de las letras no equivale a poner la estética al servicio de la lucha social (RIECHMANN, 2001).
Hasta aquí las citas de Jorge Riechmann. Miguel Hernández, que fue militante comunista, no subordinó su poesía a la doctrina del Partido, sino que, si algo es característico en Miguel, insisto una vez más, es su autenticidad, es decir, que escribía lo que le dictaban su corazón y su conciencia, más allá de que en un momento determinado de su vida se afiliara al Partido Comunista. ¿O es que el Miguel Hernández de El rayo que no cesa es más auténtico, más sincero que el de Viento del pueblo simplemente por no ser o ser ya comunista? Sin embargo, hay quien sigue sin valorar todavía la excelencia de versos como estos de la “ELEGÍA PRIMERA”, dedicada a Federico García Lorca, poema que inicia Viento del pueblo, y al que ya nos hemos referido anteriormente (Miguel Hernández : 553-554):
Entre todos los muertos de elegía, sin olvidar el eco de ninguno, por haber resonado más en el alma mía, la mano de mi llanto escoge uno.
Federico García hasta ayer se llamó: polvo se llama. Ayer tuvo un espacio bajo el día que hoy el hoyo le da bajo la grama.
¡Tanto fue!, ¡Tanto fuiste y ya no eres! Tu agitada alegría, que agitaba columnas y alfileres, de tus dientes arrancas y sacudes, y ya te pones triste, y sólo quieres ya el paraíso de los ataúdes.
Vestido de esqueleto, durmiéndote de plomo, de indiferencia armado y de respeto, te veo entre tus cejas si me asomo.
Se ha llevado tu vida de palomo, que ceñía de espuma y de arrullos el cielo y las ventanas, como un raudal de pluma el viento que se lleva las semanas.
Primo de las manzanas, no podrá con tu savia la carcoma, no podrá con tu muerte la lengua del gusano, y para dar salud fiera a su poma eligirá tus huesos el manzano.
Cegado el manantial de tu saliva, hijo de la paloma, nieto del ruiseñor y de la oliva: serás, mientras la tierra vaya y vuelva, es poso de la siempreviva, estiércol padre de la madreselva. ¡Qué sencilla es la muerte, qué sencilla, pero qué injustamente arrebatada! No sabe andar despacio, y acuchilla cuando menos se espera su turbia cuchillada.
Tú, el más firme edificio, destruido, tú, el gavilán más alto, desplomado, tú, el más grande rugido, callado, y más callado, y más callado.
¿Y quién puede dudar de la importancia literaria y comunicativa de poemas como “EL NIÑO YUNTERO”, “ACEITUNEROS”, “CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO”, “CARTA”, etc.? ¿Y de su sinceridad?
b) La personal
La segunda cuestión que es inherente a la poesía de Miguel Hernández (la primera es la dimensión histórica), es la capacidad que tiene para llegar al centro de nuestro ser. El lector participa de lo que el poeta dice, porque este escritor siente lo que dice, habla de lo que sus semejantes sienten y viven y, en resumen, los lectores se sienten afectados irremediablemente porque valoran la autenticidad de lo comunicado por el poeta de las tres heridas, que siendo suyas, son nuestras. Veamos tres ejemplos: de esta participación:
• Los lectores y los oyentes
¿Quién no se siente identificado con el amante que, en primera persona, expresa su sufrimiento amoroso, su tristeza, frente a la alegría de los demás; con su conciencia de que el vaivén doloroso de su existencia no le va abandonar? ¿Quién no se emociona, no siente pena cuando el hablante lírico no quiere importunar con su agonía amorosa y trata de llevar con dignidad su dolor, sin hacer ostentación de su “constante pena plena”? ¿Quién, en algún momento de su trayectoria existencial, no ha sido zarandeado por el oleaje de su vida sin sentido, porque no encuentra lo que necesita o no tiene lo que es consustancial a una vida plena? ¿Cómo se puede soportar ser “desierto” sin “arena”? ¿Quién no ha sentido el despojamiento de su ser más profundo y, como consecuencia, el vacío y la soledad más intensos? ¿Quién, para finalizar, no se conmueve ante esa fidelidad del amante hasta la muerte? Estoy hablando del soneto 19 de El rayo que no cesa:
Yo sé que ver y oír a un triste enfada cuando se viene y va de la alegría como un mar meridiano a una bahía, a una región esquiva y desolada.
Lo que he sufrido y nada todo es nada para lo que me queda todavía que sufrir el rigor de esta agonía de andar de este cuchillo a aquella espada.
Me callaré, me apartaré si puedo con mi constante pena instante, plena, a donde has de oírme ni he de verte.
Me voy, me voy, me voy, pero me quedo, pero me voy, desierto y sin arena: Adiós, amor, adiós hasta la muerte (504).
Esta unión entre la palabra hernandiana, quien recita y el público asistente al recital la he podido comprobar con otros poemas como “ELEGÍA”, “EL NIÑO YUNTERO”, “ACEITUNEROS”, “CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO”, “CARTA”, “ANTES DEL ODIO”, “NANAS DE LA CEBOLLA”, “ETERNA SOMBRA”, etc. Los asistentes (jóvenes de los institutos, alumnado de las escuelas de adultos y personas de diferentes edades, profesiones y niveles culturales) han manifestado su emoción de diversas formas: mediante un respetuoso silencio, mediante un tenso silencio seguido de fuertes aplausos, a través de las lágrimas, o con el asentimiento a las reivindicaciones sociales que determinados poemas hernandianos exigen (“EL NIÑO YUNTERO” y “ACEITUNEROS”, por ejemplo). Poemas como “RECOGED ESTA VOZ” conforman una poesía para ser escuchada, y para ser recitada, algo que Miguel Hernández hacía siempre que podía. El poeta pide que su voz sea recogida, guardada, acogida por la comunidad internacional, a la que pide su solidaridad con su sufrimiento y el de su pueblo (“hundido / en medio de mi pueblo y de sus males”), víctima de los atropellos del fascismo. La voz del poeta es el arma que utiliza, además del fusil, para defenderlo de “los bárbaros del crimen” (también Neruda, en su libro España en el corazón, denunciaría “la sangre corriendo por las calles”), pueblo enlutado, cuyas mujeres lloran la muerte de sus hermanos, novios e hijos, porque España se ha convertido en una “inmensa fosa”. Por eso, el poeta insiste en que si no se ayuda a la España republicana la ira de los carniceros convertirá a esta nación en un inmenso cementerio:
Naciones de la tierra, patrias del mar, hermanos del mundo y de la nada: habitantes perdidos y lejanos más que del corazón, de la mirada.
Aquí tengo una voz enardecida, aquí tengo una vida combatida y airada, aquí tengo un rumor, aquí tengo una vida.
Abierto estoy, mirad, como una herida. Hundido estoy, mirad, hundido en medio de mi pueblo y de sus males. Herido voy, herido y malherido, sangrando por trincheras y hospitales.
Hombres, mundos, naciones, atended, escuchad mi sangrante sonido, recoged mis latidos de quebranto en vuestros espaciosos corazones, porque yo empuño el alma cuando canto.
Cantando me defiendo y defiendo mi pueblo cuando en mi pueblo imprimen su herradura de pólvora y estruendo los bárbaros del crimen.
Esta es su obra, esta: pasan, arrasan como torbellinos, y son ante su cólera funesta armas los horizontes y muerte los caminos.
El llanto que por valles y balcones se vierte, en las piedras diluvia y en las piedras trabaja, y no hay espacio para tanta muerte, y no hay piedra para tanta caja.
Caravanas de cuerpos abatidos. Todo vendajes, penas y pañuelos todo camillas donde a los heridos se les quiebran las fuerzas y los vuelos. Sangre, sangre por árboles y suelos, sangre por aguas, sangre por paredes, y un temor de que España se desplome del peso de la sangre que moja entre sus redes hasta el pan que se come.
Recoged este viento, naciones, hombres, mundos, que parte de las bocas de conmovido aliento y de los hospitales moribundos. Aplicad las orejas a mi clamor de pueblo atropellado, al ¡ay! de tantas madres, a las quejas de tanto ser luciente que el luto ha devorado.
Los pechos que empujaban y herían las montañas, vedlos desfallecidos sin leche ni hermosura, y ved las blancas novias y las negras pestañas caídas y sumidas en una siesta antigua.
Aplicad la pasión de las entrañas a este pueblo que muere con un gesto invencible sembrado por los labios y la frente bajo los implacables aeroplanos que arrebatan terrible, terrible, ignominiosa, diariamente, a las madres los hijos de las manos.
Ciudades de trabajo y de inocencia, juventudes que brotan de la encina, troncos de bronce, cuerpos de potencia yacen precipitados en la ruina.
Un porvenir de polvo se avecina, se avecina un suceso en que no quedará ninguna cosa: ni piedra sobre piedra ni hueso sobre hueso.
España no es España, que es una inmensa fosa, que es un gran cementerio rojo y bombardeado: los bárbaros la quieren de este modo.
Será la tierra un denso corazón desolado si vosotros, naciones, hombres, mundos, con mi pueblo del todo y vuestro pueblo encima del costado, no quebráis los colmillos iracundos (574-577).
Pero, además, puede suceder que quien lea a Miguel Hernández decida cantar sus versos y, entonces, son los llamados cantautores, que, de receptores, se convierten en emisores que se encuentran con nuevos receptores, eso sí, unidos por la palabra del poeta, en este caso Miguel Hernández, uno de los poetas más cantados. De ellos, de los cantautores y de su relación con Miguel Hernández, vamos a hablar a continuación:
• Los cantautores
Está claro que en una situación concreta, como en un recital o en la audición del texto cantado, por ejemplo, los oyentes se sentirán aludidos e implicados en la llamada de Miguel Hernández o, por lo menos, verán con mucha nitidez ese momento de una España injustamente ensangrentada o la esperanza de quien está marcado por diversas desgracias. También el desánimo y el desaliento, así como la esperanza . Es este un buen momento para reivindicar la importantísima labor que los denominados “cantautores”, no siempre bien vistos en determinados ambientes culturales, han hecho para devolver a la lírica sus orígenes orales, cantando textos de los poetas . Por lo que se refiere a los poemas cantados de Miguel Hernández es fundamental la exhaustiva información que nos aporta Fernando González Lucini en su libro publicado en 2010 (3). Gracias a ellos muchas personas hemos podido acceder a la poesía y ha sido posible lo que dijo Blas de Otero: hay que liberar la poesía del libro (Miguel Hernández no quería que sus libros estuviesen, simplemente, en las estanterías de las bibliotecas ) mediante nuevos instrumentos de comunicación (Blas de Otero: 1995 : 139-140):
Sabido es que hay dos tipos de escritura, la hablada y la libresca. Si no se debe escribir como se habla, tampoco resulta conveniente escribir como no se habla. El Góngora de las Soledades nos lleva a los dictados de Teresa de Cepeda. Sin ir tan lejos, la palabra necesita respiro, y la imprenta se torna de pronto el alguacil que emprisiona las palabras entre rejas de líneas. Porque el poeta es un juglar o no es nada. Un artesano de lindas jaulas para jilgueros disecados. El disco, la cinta magnetofónica, la guitarra o la radio y la televisión pueden –podrían: y más la propia voz directa- rescatar al verso de la galera del libro y hacer que las palabras suenen libres, vivas, con dispuesta espontaneidad. Mientras haya en el mundo una palabra cualquiera, habrá poesía. Que los temas son cada día más ricos y acuciantes.
No olvidemos que a Miguel Hernández le gustaba recitar sus poemas, aunque desgraciadamente, sólo poseemos una muestra de su forma de recitar: la “Canción del esposo soldado”, grabada en París por Alejo Carpentier. Y los juglares del siglo XX, los cantautores, como ya he dicho, han cantado continuamente los versos del poeta oriolano: desde Paco Ibáñez (siempre fiel a Miguel con sus “Andaluces de Jaén”, adaptación de “Aceituneros”) hasta Serrat, pasando por Elisa Serna, Luis Pastor, Enrique Morente, Paco Curto, Adolfo Celdrán, Manuel Gerena, Paco Damas, Inés Fonseca, etc. Todos ellos cantan los versos de Miguel, porque se han sentido afectados, emocionados, heridos, por la palabra hernandiana, porque Miguel empuña el alma cuando canta. Solo me voy a detener brevemente en Joan Manuel Serrat y Francisco Curto, aunque podría hacerlo con muchos más. Joan Manuel Serrat nos ha dejado un testimonio sobre su “encuentro” con Miguel. A partir de ahí, decidió cantar los poemas del escritor en dos discos: Miguel Hernández (1972) e Hijo de la luz y de la sombra (2010)
Conocí a Miguel Hernández en uno de aquellos bancos del umbrío jardín de la Universidad, la vieja y entrañable Universidad Central a cuyo balcón principal un glorioso día se asomó la libertad para arrojar sobre la acera el busto altivo del dictador. Gran día aquél. Luego llegaron sus lacayos y nos comieron a palos, pero no importa. En aquellos bancos hablábamos de amor, conspirábamos contra el régimen, leíamos poesía y tomábamos el sol al mismo tiempo. En aquellos claustros, en aquellos jardines, en aquellas aulas, entre octavillas clandestinas y apuntes de Genética Aplicada, también iban de mano en mano los maravillosos libros que desde Argentina, nos hacía llegar la editorial Austral –bendita sea- y que nos devolvían a aquellos que fueron condenados al ostracismo, con toda su voz y con todo su acento. Aquellos libros eran ventanas abiertas por las que entraba un aire nuevo que ventilaba el tenebroso tiempo de la dictadura. Quisiera que los que escuchen estas canciones recuerden que su autor fue un poeta perseguido, condenado y encarcelado. Un hombre que murió en prisión por el delito de pensar y escribir cosas como las que aquí se pueden oír. Fue un pastor de cabras, fue una persona comprometida con su gente y con su tiempo. Un hombre sencillo y sensible que amaba la libertad y decía: … soy como el árbol talado que retoño y aún tengo la vida…, y se la quitaron. Que el destino mantenga fresca la memoria y nos libre de aquellos que asesinan a los poetas y a la poesía.
Texto de J.M. Serrat para la reedición en México de su disco Miguel Hernández Miguel Hernández siempre estará unido a la lucha por la libertad y a su muerte por el empeño en defenderla, porque se comprometió a liberar su patria, “con la sangre y con la boca/ como dos fusiles fieles” (“SENTADO SOBRE LOS MUERTOS”), porque por una madre y por un pueblo hay que enfrentarse a quienes traicionan a esa madre y a ese pueblo, incluso aunque te cueste la vida. ¡Qué versos más hermosos los de “SENTADO SOBRE LOS MUERTOS”, “EL HERIDO (II)” Y “MADRE ESPAÑA!”:
Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.
(“SENTADO SOBRE LOS MUERTOS”, 557)
Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho. Dan espuma mis venas, y entro en los hospitales, y entro en los algodones como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo. Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo.
Porque unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada, y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo a cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida. (“EL HERIDO”, II, 666)
Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra, con todas las raíces y todos los corajes, ¿quién me separará, me arrancará de ti, madre?
Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará, si su fondo titánico da principio a mi carne? Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa, ¡nadie!
Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas donde desembocando se unen todas las sangres: donde todos los huesos caídos se levantan: madre.
Decir madre es decir tierra que me ha parido; es decir a los muertos: hermanos, levantarse; es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo sangre.
(…)
Hermanos: defendamos su vientre acometido, hacia donde los grajos crecen de todas partes, pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan aires.
(…)
España, (…)
Además de morir por ti, pido una cosa: que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen, vayan hasta el rincón que habite de tu vientre, madre.
(“MADRE ESPAÑA”, 679-680)
El otro cantautor que quería aportar, como ejemplo de la capacidad comunicativa de los versos hernandianos, es Fancisco Curto, quien no sólo ha cantado desde hace muchos años los poemas de Miguel, sino que, además, ha publicado un libro (Francisco Curto : 2010), en el que, partiendo de versos del poeta, le escribe una serie de cartas en las que le confiesa sus sentimientos, sus deseos, sus pensamientos, etc., porque sabe que su querido y admirado poeta le puede servir de intelocutor-confidente. Cincuenta y tres cartas, cuyos títulos son los versos del propio Miguel, y un epílogo demuestran la importancia que para el cantautor ha tenido su encuentro con el poeta oriolano (el libro va acompañado de un CD). Elijo una carta, la 7, que, como se ve, no necesita de ningún comentario (Francisco Curto : 2010 : 22-23):
Tierra en la boca, y en el alma, y en todo
Cuando llueve tristeza en mi cintura, agarro mi cuaderno, como el ebrio su vaso de vino. Bebo lo escrito y me sirvo otra copa de palabras. Vino añejo de recuerdos o licor de renovada fantasía. Vacío la botella del alma, demasiado repleta de lástimas y llantos. Cuando llueve tristeza en mi cintura, me acuerdo de todos los muertos que hay en mi vida, los pongo en pie, hablo con ellos, regreso a lo entrañable, a los dulces minutos que huyeron, como el corzo que sintió los pasos del cazador furtivo. Así la muerte absurda fenece, mordida por la tenacidad del pensamiento.
Cuando llueve tristeza en mi cintura me acuerdo de París, de mi casa, de mis años juveniles, de mis viajes en trenes sin final, de los años pasados, ¿perdidos?, pateando bulevares, escribiendo en el café Soufflot del Barrio Latino, cantando para los emigrantes, para los exiliados, viviendo la bohemia que me trajo hasta aquí, con el alma repleta y los bolsillos vacíos. Cuando llueve tristeza en mi cintura, Miguel, quisiera no haber nacido, viendo cómo el poderoso hace lo que le place sin contar conmigo, sin contar con nadie, hace y deshace, sólo viene a buscarme para exigirme cuentas, para arrancarme el alma, para echar un paquete de lágrimas en mi cama, en mi mesa, en mi puerta. Cuando llueve tristeza en mi cintura, Miguel, el clarín del más fuerte resuena en mis oídos cual trompeta que anuncia a todas sombras la miseria ¡”Ni un segundo sin armas”! dice el fuerte. “Matemos la esperanza”. Pero yo escribo… Te escribo, Miguel. ¿Qué otra cosa podría hacer?
Escribir al poeta que nos dejó estos versos en su poema “CARTA” (667-669) de El hombre acecha:
Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.
Y, efectivamente, Francisco Curto escribe al poeta, porque quién mejor que éste para comprender la tristeza de quien escribe.
• Algunos otros lectores significativos
Por otra parte, Miguel Hernández, más allá de la influencia que ha ejercido en los escritores posteriores, a partir de su muerte , ha sido, y sigue siendo, objeto de atención por parte de figuras históricas muy destacadas, tanto en el campo de la creación como en el del pensamiento revolucionario. A continuación veremos algunas de ellas:
1. ERNESTO ´CHE´ GUEVARA (Rosario, Argentina, 1928 - La Higuera, Bolivia, 1967)
Roberto Massari (2004 : 35) al referirse al conocimiento que el guerrillero revolucionario tenía de la literatura latinoamericana, utiliza una información aportada por la primera mujer del Che, Hilda Gadea (Che Guevara. Años decisivos, México, 1972, p. 46), según la cual, para el ´Che´, Miguel Hernández era uno de sus poetas predilectos:
… tenía un amplio conocimiento de la poesía latinoamericana, recitaba con facilidad cualquier poema de Neruda, a quien admiraba mucho. Entre sus poetas preferidos estaban Federico García Lorca, Miguel Hernández, Machado, Gabriela Mistral, César Vallejo, algunos argentinos como José Hernández, cuyo Martín Fierro sabía completo de memoria, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marichal, Alfonsina Storni y las uruguayas Juana de Ibarbourou y Sara Ibáñez.
2. MARIO BENEDETTI (Paso de los Toros, Tacuarembó, Uruguay, 1920 - Montevideo, Uruguay, 2009)
El autor uruguayo, ejemplo sobresaliente de lo que es un escritor comunicante, con motivo de su asistencia a la Universidad de Alicante para su investidura como doctor honoris causa, visitó el 15 de mayo de 1997, con su mujer Luz, la casa museo del poeta oriolano, y recorrió la vivienda acompañado por la nuera de Miguel Hernández, Lucía Izquierdo, quien le explicó todo lo referente al poeta y al lugar en el que vivió. El “aguafiestas” dijo que era la primera vez que visitaba Orihuela, aunque no Alicante, y declaró que, sobre todo en su juventud, fue seguidor de Miguel Hernández. Benedetti, admirador de la “sencillez” machadiana (la de Antonio Machado) y de su rima “pobre” (la asonante) aclaró que la rima hernandiana “tiene una virtud que sólo la comparte con Antonio Machado, y es que su rima nunca molesta, aparece espontáneamente”. El autor de Poemas para la oficina y de Memoria y esperanza. Un mensaje a los jóvenes, recordó algunos versos de la “ELEGÍA”, precisamente los finales, “que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”. En esta visita a la casa donde vivió Miguel Hernández se refirió a El rayo que no cesa como el libro de Miguel Hernández más conocido en Latinoamérica. Pues bien, precisamente de El rayo que no cesa son los versos de Miguel Hernández que encabezan el poema del escritor uruguayo titulado “CORAZÓN CON CANAS”, que forma parte del poemario Existir todavía (2004), concretamente de los poemas agrupados en “MEMORIA”. Mario Benedetti, a medida que va pasando el tiempo sobre su fotografía, siente que, cada vez más, tiene que “vivir adrede”. Es consciente de que el carácter destructor del tiempo amenaza su estado de ánimo y, a pesar de todo, tiene que existir todavía. La diferencia es que la referencia hernandiana al paso del tiempo y a la muerte, en el contexto de la poesía del “desamor”, la hace un hombre joven (“…Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía”), mientras que quien también se refiere a la fatídica existencia en “CORAZÓN CON CANAS” es un hombre con 84 años. Éste es el poema de Mario Benedetti:
“CORAZÓN CON CANAS”
Mi sien, florido balcón de mis edades tempranas, negra está, y mi corazón, y mi corazón con canas.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Al fin por fin en fin no caben dudas la belleza se aleja y uno queda solo como una flecha que erró en el blanco dejó melancolía en la puerta un azar miserable en la ventana y el nombre salvador que nunca llega
solo perdura el corazón con canas cansado de latir en las promesas estirpe de los sueños que hacen cielo cielo de los amores a la espera
Canas que son del alma amenazada soplo que sobrevive a duras penas recuento inútil de estaciones locas donde ya se borró la primavera
3. SUBCOMANDANTE MARCOS (EZLN)
En una entrevista realizada por Juan Gelman en el Diario “Página 12”, de Buenos Aires, el líder zapatista, con su habitual sentido del humor, le explica al autor argentino por qué él ha escrito poca poesía. Juan Gelman insiste y le pregunta si últimamente ha escrito poesía. Esta es la respuesta del Subcomandante Marcos:
Escribí en el período de montaña los diez años que pasamos allí, sobre todo en los años 1984/1985 que fueron muy solitarios, poesía que pretendía ser política. Tratando un poco de jugar al espejo o de ayudarnos a nosotros mismos, pues éramos una pequeña pandilla casi que quería cambiar el mundo, afirmando que sí valía la pena lo que queríamos hacer, o lo que íbamos a hacer, aunque entonces no sabíamos lo que íbamos a hacer todavía. Nosotros organizábamos actos culturales todos los lunes de cada semana: el grupo de combatientes se juntaba en lo que llamábamos la célula cultural y se decían poemas, se cantaba, se representaban obras de teatro. El único libro que teníamos, entonces yo era capitán, para una antología de Miguel Hernández. Había más reuniones culturales que poemas en el libro y éste se acabó.´Escribe algo´, me decían los compañeros, así que los primeros poemas en ese período eran más bien por encargo. Y eran poemas así, pues, lo rudimentario o lo acartonado que pueden ser los poemas sobre pedido”.
Se sabe, por otra parte, que, durante la marcha de 15 días hasta la ciudad de México en el año 2001, Marcos llevaba el Quijote, el Romancero gitano de Federico García Lorca y, cómo no, los poemas de Miguel Hernández. Pero, otra sorpresa, hay textos de Marcos en los que este comienza con diferentes versos del poema hernandiano “CARTA”, uno de los poemas de amor en tiempo de guerra más hermosos que se puedan escribir, desde mi punto de vista, y del que el gran conocedor y editor de la obra completa hernandiana, Agustín Sánchez Vidal, ha dicho (1993 : 128):
De registro mucho más desnudo y sincero que otros del ciclo bélico, las cartas están presentadas en este hermoso poema como un palomar estremecido, tanto por la forma del sobre, con sus alas desplegadas, como por el valor de la mensajería de un ave que simboliza, por otro lado, la paz.
El Sup, como decimos, desde “las montañas del sureste mexicano”, encabeza algunos de sus textos y de sus cartas, con los versos del mencionado poema. Veamos dos ejemplos (4):
• “7veces2”
Para Alberto González Gironella, que pintaba tan bien que parecía que escribía.
“El palomar de las cartas abre su imposible vuelo desde las trémulas mesas donde se apoya el recuerdo, la gravedad de la ausencia, el corazón, el silencio”.
Miguel Hernández
México, agosto-septiembre de 1999
• “La ´h´ Tiene la Palabra” (y, como muda, la cede a la huelga)
Subcomandante Marcos Chiapas, México
Para Cosme Damián Sastre Sánchez, Zapatista, 25 años de edad, asesinado Por la policía de Tijuana, B.C., el 2 de octubre de 1999.
En un rincón enmudecen cartas viejas, sobres viejos, con el color de la edad sobre la escritura puesto. Allí perecen las cartas llenas de estremecimientos. Allí agoniza la tinta y desfallecen los pliegos, y el papel se agujerea como un breve cementerio de las pasiones de antes, de los amores de luego.
Miguel Hernández Desde las montañas del Sureste Mexicano (¿30 de noviembre de 1999?)
Estas referencias de Marcos a Miguel Hernández dejan de sorprender cuando conocemos el compromiso de éste con su pueblo y las reivindicaciones del EZLN. Veamos algunos versos de dos poemas emblemáticos de este compromiso hernandiano, “SENTADO SOBRE LOS MUERTOS” y la “CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO”:
Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué ponerse, hambriento y sin qué comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente. En sus manos los fusiles leones quieren volverse para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces.
Aunque te falten las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes.
Canto con voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece. (“SENTADO SOBRE LOS MUERTOS”, 556-557) Y también:
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, y defiendo tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado, envuelto en un clamor de victoria y guitarras, y dejaré a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras.
(“CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO”, 602) Es decir, se lucha por la paz, por la mujer amada, porque es necesario matar para seguir viviendo, y no porque la guerra sea lo propio de la condición humana. Miguel no era ningún asesino con deseos insaciables de sangre, sino un hombre, un poeta, que creía en la necesidad de defender la dignidad humana y de conseguir la justicia social Manuel Aznar Soler (1996 : 145-162). Miguel Hernández defiende a la comunidad que ama, el pueblo, y se rebela contra quienes niegan los derechos humanos a las clases sociales más necesitadas. Por ello, conociendo el mensaje hernandiano, derivado de sus escritos, se comprende mejor que el Subcomandante Marcos encabece determinadas cartas con versos de Miguel (como hemos tenido oportunidad de ver), pues también el EZLN se rebela y se levanta en armas (el 1 de enero de 1994) contra el “mal gobierno” mejicano, que no tiene en cuenta las señas de identidad de los indígenas de Chiapas, para quienes Marcos exige el reconocimiento de sus derechos, como seres humanos y como mejicanos que son, lo que, a fin de cuentas, muestra en el guerrillero de rostro oculto, la misma actitud de dignidad rebelde y de fidelidad a unos ideales que también defendió el poeta oriolano. Y si no, leamos parte del manifiesto zapatista en náhuatl (traducido al castellano) dirigido “al pueblo de México y a los pueblos y a los gobiernos del mundo “en la ´IV DECLARACIÓN DE LA SELVA LACANDONA´ del 1 de enero de 1996:
¡Somos la dignidad rebelde, el corazón olvidado de la patria!
(…)
Hermanos:
No morirá la flor de la palabra. Podrá morir el rostro oculto de quien la nombra hoy, pero la palabra que vino desde el fondo de la historia y de la tierra ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder. Nosotros nacimos de la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte. Para todos la luz. Para todos todo. Para nosotros el dolor y la angustia, para nosotros la alegre rebeldía, para nosotros el futuro negado, para nosotros la dignidad insurrecta. Para nosotros nada.
Nuestra lucha es para hacernos escuchar, y el mal gobierno grita soberbia y tapa con cañones sus oídos. Nuestra lucha es por el hambre, y el mal gobierno regala plomo y papel a los estómagos de nuestros hijos.
Nuestra lucha es por un techo digno, y el mal gobierno destruye nuestras casa y nuestra historia.
Nuestra lucha es por el saber, y el mal gobierno reparte ignorancia y desprecio. Nuestra lucha es por la tierra, y el mal gobierno nos ofrece cementerios.
Nuestra lucha es por un trabajo justo y digno, y el mal gobierno compra y vende cuerpos y vergüenzas.
Nuestra lucha es por la vida, y el mal gobierno acepta muerte como futuro.
Nuestra lucha es por el respeto a nuestro derecho a gobernar y a gobernarnos, y el mal gobierno impone a los más la ley de los menos.
Nuestra lucha es por la libertad para el pensamiento y el caminar, y el mal gobierno pone cárceles y tumbas.
Nuestra lucha es por la justicia, y el mal gobierno se llena de criminales y asesinos.
Nuestra lucha es por la historia, y el mal gobierno propone olvido.
Nuestra lucha es por la Patria, y el mal gobierno sueña con la bandera y la lengua extranjeras.
Nuestra lucha es por la paz, y el mal gobierno anuncia guerra y destrucción.
Techo, tierra, trabajo, pan, salud, educación, independencia, democracia, libertad, justicia y paz. Estas fueron nuestras demandas en la larga noche de los 500 años. Estas son, hoy, nuestras exigencias (EZLN, 2007 : 38-40). Estas palabras son las de un patriota mejicano, a quien persiguen los “patriotas” que se han apropiado de la “Patria”, personajes, más que de bandera, de banderón. También Miguel fue un verdadero patriota, cuya lucha contra el fascismo y contra la Iglesia de la espada y de la Cruzada le llevaron al encarcelamiento y a la muerte lenta, lenta, lenta. Cuando acabamos del leer el manifiesto zapatista nos acordamos inevitablemente de los versos del poeta oriolano y viceversa. Nadie puede dudar de que Miguel luchó, con las armas y su palabra, contra los causantes del hambre, por hacerse escuchar, por la libertad de pensamiento, por un techo digno, por la cultura, por la propiedad de la tierra para quienes la trabajan, por el trabajo humanizado, por la vida, por el derecho a la capacidad de decidir, por la democracia, por la libertad, por la justicia, por la Patria. No se trata de meras palabras, sino de ideales por los que se jugó todo, es decir, la vida. Por eso, entre otras causas, aunque ésta no sea baladí, por desgracia, Miguel sigue teniendo sentido, pues el mundo no está bien hecho. Con gran claridad supo ver esto el poeta, crítico y especialista hernandiano Leopoldo de Luis (1994: 174) cuando escribió:
La poesía de guerra y de postguerra de Miguel Hernández puede verse a la luz de la dialéctica marxista de la lucha de clases, pero sus sentimientos hondos de justicia social coinciden igualmente con las bianaventuranzas según San Lucas o San Mateo. Bienaventurados los pobres –lo que haya de venir aquí lo espero / cultivando el romero y la pobreza-. Bienaventurados los que son aborrecidos -sólo por amo odiado, /sólo por amor-. Los que sufren persecución por la justicia –las cárceles en que él mismo murió-. Y de querer situarse en un punto de vista más próximo, la poesía de Miguel puede verse bajo el enunciado de los derechos humanos. El trabajo, la libertad, la justicia la solidaridad, la paz.
No faltan ejemplos para apoyar lo anterior (“SONREÍDME”, “MADRE ESPAÑA”,“LLAMO AL TORO DE ESPAÑA”, “EL NIÑO YUNTERO”, “ACEITUNEROS”, “CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO”, “VIENTOS DEL PUEBLO” (incluida la dedicatoria a Vicente Aleixandre), Tristes guerras, “ANTES DEL ODIO”, “ETERNA SOMBRA”, etc.).
Escritores con esta actitud logran derribar la historia oficial y rescatar del ovido a los olvidados. Esto es, con palabras del Subcomandante Insurgente Marcos (2001 : 49):
Contra la humanidad luchan los poderosos. Por la humanidad luchan y sueñan los desposeídos. Esta es la verdadera historia. Y si no aparece en los libros de texto de Primaria es porque la historia la escriben todavía los de arriba, aunque la hacen los de abajo.
La guerra civil fue una experiencia fundamental en la vida de Miguel Hernández, que entendió que el terreno ganado a la injusticia social se podía perder y la utopía estaría cada vez más lejos. Por eso luchó y escribió Miguel, para defender los espacios de libertad, a pesar de la tragedia de la guerra (“Tristes guerras” ), que fue una experiencia determinante en su actitud reivindicativa, que expresaba siempre que lo consideraba oportuno. Varios textos me parecen significativos en este sentido (“HAY QUE ASCENDER LAS ARTES HACIA DONDE ORDENA LA GUERRA”, (“LA POESÍA ´COMO UN ARMA´), el prólogo a su Teatro en la guerra, etc.). Su postura ante los receptores es clara en (“LA POESÍA ´COMO UN ARMA´ ”), publicado en Nuestra Bandera el 22-8-1937, texto que precedió al poema “FUERZA DEL MANZANARES”, según Vicente Ramos, (1973 : 152 y ss.):
Nací en Orihuela hace veintiséis años. He tenido una experiencia del campo y sus trabajos, penosa, dura, como la necesita cada hombre, cuidando cabras y cortando a golpe de hacha olmos y chopos, me he defendido del hambre, de los amos, de las lluvias y de estos veranos levantinos, inhumanos, de ardientes. La poesía es en mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme a través de sus martillerazos. Me he metido con toda ella dentro de esta tremenda España popular, de la que no sé si he salido nunca. En la guerra, la escribo como un arma, y en la paz será un arma también aunque reposada. Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y a su lado estoy tan dispuesto a vivir como a morir (2227).
En realidad, Miguel no pudo utilizar, en la paz, la poesía como un “arma reposada”, sencillamente porque no conoció la paz, ya se sabe que lo dejaron morir en la cárcel (“Miguel Hernández murió de franquismo”, según dijo Marcos Ana “Rebelión”, 18-11-2010) o, como dice Antonio López Moreno (2005), “lo mataron lentamente”, aunque mantuvo la “dignidad insurrecta” y la hermosa “flor de la palabra”, pues, no en vano, en este período carcelario escribió, desde mi punto de vista, sus mejores poemas, los que corresponden al ciclo de Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), versos que, aunque parten de la experiencia personal, hacen partícipe al lector de su honda emoción, de su profunda reflexión y hermosura: la guerra y su crueldad, el amor, el deseo de libertad, el dolor por la muerte del primer hijo, la alegría por el nacimiento del segundo, la desesperanza, la esperanza, etc., son en los versos de Miguel (bien en sus poemas breves o en los más extensos) comunicantes, es decir, que trascienden lo personal para hacer que el lector los incorpore a lo más profundo de su ser. Por ejemplo, se podrían utilizar más palabras, pero no transmitir más que lo que comunica, con tan pocas, el poema 56: La libertad es algo que sólo en tus entrañas bate como el relámpago (711). 4. GIOCONDA BELLI (Managua, 1948)
Para esta escritora nicaragüense, poetisa y novelista, que ha dado, no hace mucho, una conferencia en la CAM de Alicante, el poeta oriolano “fue el poeta emblemático del dolor de la guerra”, tragedia que le afectó “en su carne, en su vida, en su amor y en su hijo”. Aunque reconoció que a los 20 años aún no conocía la obra de Miguel, y como había personas que encontraban en sus poemas influencias del poeta oriolano, comenzó a leer su obra: “Eso me llevó a conocerle y realmente fue un personaje muy importante para mí por su vinculación entre la lucha y el oficio poético”. Para la que, en su momento, fuera integrante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que luchó contra la dictadura de Somoza, Miguel Hernández tiene “una cosa muy especial: la ternura manifiesta en un hombre aguerrido”. Gioconda Belli confiesa que cuando participó en la Revolución Sandinista “sentía que Miguel Hernández expresaba lo que yo sentía como mujer: en cómo la guerra afecta a lo que más quieres”. (V: “Información”, noticia de Cristina de Middel). Esta afinidad de sentimientos, estos vasos comunicantes, afloran en su testimonio autobiográfico (Giconda Belli, 2005). El libro consta de una introducción y cuatro partes. En la introducción la autora se refiere a su trayectoria vital que la llevó del “yo” al “nosotros”. El encuentro con los demás, con la colectividad la conduce a la alegría: “Supe de las alegrías de abandonar el yo y abrazar el nosotros” (Belli: 13). De esta liberación nos habla Miguel en su poema “SONREÍDME”, fundamental en su trayectoria vital y literaria como ya se ha sostenido en páginas anteriores. Ya en la primera parte, “Habitante de un pequeño país”, la referencia a Hernández es explícita: “No me conformo, no: me desespero como si fuera un huracán de lava” (sic) (Belli: 15), que se corresponde con versos del soneto 20 de El rayo que no cesa. En la segunda parte, “En el exilio”, escoge estos versos de Viento del pueblo: “Vientos del pueblo me llevan/Vientos del pueblo me arrastran/Me esparcen el corazón/Y me aventan la garganta” (sic), (Belli : 165). En la tercera parte, “El regreso a Nicaragua”, transcribe en prosa unos versos del “Juramento de la alegría”, poema perteneciente a Viento del pueblo: “Tiene todo el mundo otra cara. Se acerca lo remoto en una muchedumbre de bocas y de brazos. Se le ve la muerte como un mueble roto, como una blanca silla hecha pedazos”(sic), (Belli : 321). La fe en la victoria de uno, la alegría por el regreso a la patria, de la otra. La lucha de ambos por una patria en libertad.
5. VICENTE MOLINA FOIX (Elche, 1946)
Integrante de la antología Nueve novísmos poetas españoles (1970), además de poeta, ha cultivado el ensayo, el teatro, el cine, etc. En el año 2006 publica El abrecartas (Madrid, Alfaguara), novela que, a través de continuas alusiones a creadores españoles, ofrece una radiografía del período de la historia de España comprendido entre 1920 y 1999. En ella, a través de los personajes, Miguel Hernández aparece como una persona entrañable, como una figura sufriente, coherente e inteligente, es decir, se muestra al hombre y al escritor, como no podía ser de otra manera. Miguel Hernández es presentado como admirador de Lorca, admirador, y también amigo, de Vicente Aleixandre, y reconocido por este como “gran poeta”. El gran animador de los combatientes republicanos y crítico implacable de los fascistas y sus secuaces, aparece en la parte inicial de la obra (“Federico”) , a través de tres personajes, Rafael( admirador y amigo de la infancia de Lorca), una maestra (prima de Rafael), y Vicente Aleixandre. Veamos alguna de estas referencias en el libro de Vicente Molina Foix:
• Rafael escribe a su prima, Setefilla Romero Sanahuja, el 4 de enero de 1938 desde el Frente de Teruel, 8. ª Brigada Mixta. En la carta, entre otros temas, le habla de cómo conoció a ese Miguel Hernández que utiliza sus versos para mantener alta la moral del combatiente y le comenta la confianza de Líster en esa capacidad de comunicación del poeta soldado cuando, por otra parte, ya era conocido por su Viento del pueblo. También le informa de la representación ante los soldados de su teatro de urgencia, teatro para la guerra:
Pero lo mejor pasó hace unos días cuando conocí a Miguel Hernández. De cerca quiero decir. Ya se había corrido que el poeta, que ha luchado desde que empezó la guerra en el Quinto Regimiento de Líster y a las órdenes del “Campesino”, andaba por aquí, pero el día 17 de diciembre estábamos todos alrededor del fuego, después del rancho, y llega el general Enrique Líster y dice con su vozarrón: ´A ver, Miguel. tienes que recitar algo tuyo para la tropa, que les veo muy amariconados aquí a la lumbre´. Y entonces se levantó Miguel, que no es nada alto y con una cara que podría ser la de un andaluz, cara de moro, como la mía, como la de los campesinos de mi pueblo, de nuestros pueblos, y empezó a decir unos versos que a mis camaradas, hombres sin instrucción, analfabetos muchos, les sacó las lágrimas de la cara. Te copio dos estrofas de uno de sus poemas (Miguel se prestó a repetirlas después, hablando más despacito, para unos que queríamos apuntar las poesías):
Que se derrame a chorros el corazón de lana de tantos almacenes y talleres textiles, para cubrir los cuerpos que queman la mañana con la voz, la mirada, los pies y los fusiles.
Ropa para los cuerpos que rechazan callados los ataques más blancos con los huesos más rojos. Porque tienen el hueso solar estos soldados y porque son hogueras con pisadas, con ojos.
Y entonces va Líster y le dice: ´Oye, poeta, que estos versos serán muy cojonudos pero mira la gente, parece que están oyendo un sermón en la iglesia… Di esos poemas que tienes de coños y de curas, aquel de los ´cojones bisoños´ tan gracioso, cosas que animen, hombre.´ Y Miguel Hernández le hizo caso y siguió por esa línea, y al final nos hizo reventar de risa con su poema contra Gil Robles, el que empieza ´Al Gil, gili, gilipo, gilipolla, campana sin metal y sin badajo, mando un millón de veces al carajo, pues tanto pus episcopal apoya´. A la noche siguiente me di cuenta de que Miguel ocupaba una colchoneta cerca de la mía en el barracón, y con otro camarada que es tipógrafo (y andaluz de Puente Genil) nos acercamos a él a darle las gracias por aquellos versos que nos habían hecho llorar y reír. Estaba escribiendo Miguel una carta a su mujer Josefina, embarazada y a punto de parir, pero nos atendió y fumamos, y nos enseñó los tres primeros ejemplares que le han llegado, recién salidos de la imprenta, de su libro Viento del pueblo. Yo no le dije del pueblo de donde soy, ni mis teatritos de niño con García Lorca, para no emocionarle más a él, que le trató mucho y ha escrito del asesinato de Federico, ni traerme a mí mismo malos recuerdos. Unas horas después llegó aquí la noticia de que había nacido en Cox, un pueblo de la vega alicantina, el hijo de Miguel, cosa que celebramos todos, y él primero, poniéndonos en los pies unos trozos de manta cortada para poder bailar sobre la nieve sin quemarnos. Le dieron un permiso, como a un soldado más, para ir a ver a su mujer y al niño, pero nos prometió que volvía a Teruel: ´no me voy a perder nuestra victoria sobre esos cochinos´. Y desde luego que ha vuelto. Está aquí con los demás soldados leales, cada día un poco más cerca de entrar del todo en Teruel y liberarla. No sabes lo natural y sencillo que es Miguel. Y la cantidad de palabrotas que no para de decir. A ratos le sale la gracia por arrobas, como cuando se puso a imitar a Hitler y a Mussolini, al primero dando manotazos de forzudo de feria pero a la vez haciéndolo afeminado, y al italiano como un bufón de opereta. Hasta se puso a cantar con voz de guasa una canción napolitana. Al final, Miguel hizo de Franco, como una mona bajita y presumida. Le quedaba muy graciosa la voz de pito de Franco, y los saltos de mono que iba pegando Miguel por toda la cantina. Ayer nos reunimos con él unos cuantos a los que nos ha convencido para hacer teatro mañana, que es la Noche de Reyes. Ya sabes que yo abandoné las tablas, por no poder estar a la altura de Don Fernando Díaz de Mendoza y Don Emilio Thuillier, pero a Miguel Hernández no me he negado. Ensayaremos hoy y mañana todo el día una obrita corta muy valiente que él ha escrito, Los sentados, y que más que darles moral, que aquí no falta, les hará olvidar a nuestros soldados por una hora el frío que pasan. Yo hago de Sentado 2.º, el primero de los tres Sentados del pueblo que da cuenta de lo vergonzoso que es que mientras España está en pie de guerra contra los fascistas haya españoles sin hacer nada, sólo mirando cómodamente desde sus casas. Es el mejor papelón de mi ´carrera triunfal´ sobre el escenario. En un rato que paramos de ensayar, Miguel sacó a relucir a Federico y a Vicente Aleixandre, que a ti tanto te gusta por su libro de La destrucción o el amor. Pues bien, dice Miguel que son los amigos más íntimos y generosos que tiene (5), así en presente, como si Federico siguiera vivo y Aleixandre estuviese con nosotros en las trincheras. Me impresionó su entusiasmo, su calor al hablar de los dos, enseñándome muy satisfecho el buenísimo reloj de pulsera que Aleixandre le había regalado para su boda con Josefina, que fue el año pasado. Tengo yo que leer a Aleixandre. A él te digo, le ha dedicado Miguel su Viento del pueblo, con una dedicatoria preciosísima: ´Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hasta las cumbres más hermosas.´ Y luego acaba la dedicatoria diciendo algo que me ha dejado con mucha duda: ´El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendida al pie de cada siglo´ (pp. 36-40).
• En la última parte del libro (“El pelo fantasma”), un personaje llamado Cinta, que publica en su editorial libros de Setefilla, escribe a ésta otra carta en la que le reenvía un correo de AUTÓGRAFOS Y OBJETOS ÍNTIMOS DE CELEBRIDADES por si Setefilla está interesada en alguno de ellos. Así, en la relación aparece en tercer lugar:
Una bufanda chamuscada en los flecos que el poeta Miguel Hernández, muerto en circunstancias de todos conocidas en la cárcel franquista de Alicante, le regaló en 1939 al dramaturgo Antonio Buero Vallejo. Habían hecho buenas migas en la prisión de Toreno de Madrid, y al ser transferido a la de Alicante parece que le dijo a su amigo que en aquel clima no la necesitaría. No se trata de una sustracción, sino que Antonio Buero se la dejó al salir de la prisión madrileña, y un guardia de la misma, oriundo del pueblecito gallego de Curtis, me la dio, aunque extrañado de que quisiera yo esa tela mugrienta” (p. 443):
Por otra parte, el propio Vicente Molina Foix, ha participado en el catálogo de la exposición del MUBAG La memoria en el laberinto. Homenaje de creadores plásticos y literarios al poeta Miguel Hernández , (Diputación de Alicante, Instituto Alicantino de Cultura y Ajuntament d´Elx, 2010) con el siguiente texto:
Miguel Hernández fue un escritor de tan asombrosa felicidad (sic) verbal que, en ciertos momentos de la vida de un lector o para ciertos temperamentos un tanto ceñudos, puede resultar excesivo, incluso facilón. Tuve la suerte de redescubrirle a través de un inmenso poeta como fue Aleixandre, y al volver a las páginas ´hernandianas´ encontré lo que antes había superficialmente desdeñado: la incandescencia de las imágenes, la mirada permanentemente renovada a las cosas del mundo, la superación del sello temporal del compromiso político gracias a la honda verdad de la palabra poética” (VV. AA., 2010 : 35).
6. JUAN CARLOS MESTRE (Villafranca del Bierzo, León, 1957)
Premio Nacional de Poesía 2009 por su libro La casa roja (Madrid, Calambur Editorial, 2008) escribe en el catálogo de la exposición citada más arriba el siguiente poema (VV. AA., 2010 : 21):
No pasará el aliento de la muerte, no pasará la cólera homicida, no pasará la herida y mordaza, ni la humillante espada destructora, ni pasará el yugo y el dinero, sobre la obstinada sombra esclava de los huesos. No pasarán los odios, ni pasarán las guerras sobre la patria turbia hundida en la penumbra. Entrarán los cuerpos en desnudos cuerpos, los perseguidos rodarán de nuevo hasta sus camas. No pasarán, y ellos no serán nunca los vencidos.
7. JORGE RIECHMANN (Madrid, 1962)
Para ir acabando con estos ejemplos de profundo entrañamiento de un escritor como Miguel Hernández en otros creadores, diré que en la literatura española más o menos reciente, hay una serie de poetas y novelistas que participan de una escritura de denuncia y resistencia. Ciñéndome a los poetas nacidos entre 1962 y 1976, uno de ellos, Enrique Falcón, ha coordinado una antología titulada Once poetas críticos en la poesía española reciente, Tenerife, Ediciones de Baile del Sol, 2007. En ella aparecen Jorge Riechmann (Madrid, 1962), Daniel Bellón (Cádiz, 1963), Isabel Pérez Montalbán (Córdoba, 1964), David González (Asturias, 1964), Antonio Orihuela (Huelva, 1965), Antonio Méndez Rubio (Badajoz, 1967), Enrique Falcón (Valencia, 1968), Miguel Ángel García Argüez (Cádiz, 1969), David Franco Monthiel (Cádiz, 1976), David Eloy Rodríguez (Cáceres, 1976) y José M.ª Gómez Valero (Sevilla, 1976). Jorge Riechmann , uno de los intelectuales y poetas más interesantes por su rigor en el análisis del hecho poético y por su propia práctica literaria, alejado de quienes acaparan todas las tribunas literarias mediáticas, desde las cuales adoctrinan al gran público y deciden qué es lo que hay que leer y qué es lo que no, también señala entre sus escritores preferidos a Miguel Hernández, tal como declara en una exhaustiva entrevista que le hace Noemí Montetes (“Gato panza arriba”, núm. 25, julio-agosto de 2001 (www.barcelonareview.com /25/_ent_jr.htm). Cuando esta le invita a que elija algunos autores que más le hayan interesado o influido en su trayectoria, Jorge Riechmann manifiesta a la entrevistadora que en 1987 había escrito una “PÁGINA DE ASCENDIENTES”, que eran los siguientes:
El Arcipreste de Hita, Juan de la Cruz, Francisco de Quevedo; José Bergamín, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel Hernández, César Vallejo; Blas de Otero, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Ángel González; entre los de lengua no española, sin duda René Char en primer lugar (Jorge Riechmann : 2001).
8. ENRIQUE FALCÓN (Valencia, 1968)
Recientemente, en el último número de “Zurgai”, “Cuatro poetas del 27. Juan Larrea, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Miguel Hernández”, Bilbao, Berekintza, 2010, Enrique Falcón, poeta de la insurgencia y autor de La marcha de 150.000.000, aporta su poema “Ultima ofensiva” (Zurgai : 18), poema dedicado a Miguel Hernández:
Última ofensiva
a Miguel Hernández
Vivió cerca de la sangre de los hombres. Del maíz que enmudece el corazón de los pájaros.
Igual que si jurara, vinieron a buscarlo con cánticos y esquelas aventaron su cuerpo y sus cabellos le cortaron las manos y las ingles.
Quemaron a sus pies desarmados escorpiones asesinos.
*
Pasó la tarde blanca con todas sus autopsias.
*
En la última ofensiva, los hombres y los pájaros construyeron con sus dedos / nuevos cántaros y espuelas.
Él vive cerca de la sangre de los hombres. Del maíz que enmudece el corazón de los pájaros
Podríamos seguir mostrando alusiones a Miguel Hernández en obras significativas de la literatura española de nuestro tiempo, como en El lado frío de la almohada (6), Barcelona, Anagrama, 2004, de Belén Gopegui (Madrid, 1963), una de las escritoras más personales y más reivindicativas que hay ahora mismo en nuestro panorama literario, pero no lo vamos a hacer, por lo menos por ahora. Sin embargo, el que una escritora como Belén Gopegui, tan poco dada a seguir las fórmulas narrativas estereotipadas para lograr el éxito comercial, narradora con un decidido compromiso social y con una gran capacidad crítica a la hora de analizar la función del escritor en el mundo que le ha tocado vivir, es un indicio suficiente para calibrar la importancia comunicativa de Miguel Hernández.
CONCLUSIÓN
Últimamente, siempre que se homenajea a Miguel Hernández, al que, por cierto, no le gustaba nada el vocablo “homenaje”, hay quienes se preguntan por la vigencia del poeta y por su influencia en la poesía actual. Hay quienes defienden que, para la poesía más joven, Miguel Hernández no es uno de sus referentes. Suponiendo que esto último fuera cierto, yo me pregunto, a raíz de lo que se ha ido exponiendo en este artículo, si ese punto de vista es el más adecuado para calibrar la importancia de un poeta, o por lo menos es el único. Por el contrario, a mí me ha interesado más dejar constancia de la índole comunicativa de la escritura de Miguel Henández, obra que, cuando es leída o escuchada, deja una huella indeleble en el ser humano, independientemente de que éste sea poeta (joven o menos joven) o no lo sea. Por ello, la grandeza de este escritor se fundamenta en la participación afectiva de receptores de todo tipo (escritores y no escritores), más allá de su profesión y nivel cultural. ¿Por qué? Porque estamos, en primer lugar, ante un poeta que dice lo que siente y siente lo que dice, es decir, ante una poesía que se basa en la autenticidad y en el esfuerzo técnico, en la sinceridad y en dominio del oficio literario. Y, en segundo lugar, porque parte de la vida, de su vida, de una experiencia que, siendo personal, se puede compartir por otros seres humanos, que se reconocen en las tres heridas del poeta: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Así lo expresa Carlos Bousoño (1992: 217-218) al analizar uno de los grandes poemas de Miguel Hernández, “ANTES DEL ODIO”:
Todo poema expresa la vida, pero a veces lo hace de manera simbólica o indirecta. Miguel Hernández inaugura en este libro (se refiere al Cancionero y romancero de ausencias), y en otros suyos, una dicción en que la vida queda aludida de un modo; en numerosas ocasiones, relativamente inmediato; en numerosas ocasiones características sentimos el poema incluso como manifestación autobiográfica. En esto Miguel Hernández se adelantó a todos los poetas españoles de su tiempo, y como la estética posterior iba en gran parte a seguir, en diferentes versiones, tal derrotero, el poeta de Orihuela puede ser considerado uno de los maestros de las venideras generaciones. Pues bien: Antes del odio es uno de los poemas de Cancionero y romancero de ausencias en que se puede apreciar hasta qué punto su autor supo alcanzar una alta cima lírica dentro de su ´nuevo´ género ´poesía autobiográfica´. La pieza expresa una determinada situación humana del poeta, y con emocionantes acentos de vida personal. Lo que sentimos en cada palabra no es la inubicable voz de un protagonista puramente literario, sino el temblor y el movimiento anímico de un hombre que se llamó Miguel, colocado en una patética y concretísima circunstancia de la postguerra española. Hoy este modo de escribir podrá parecernos normal, pero en la fecha en que fue redactado el poema, ello constituía casi una revolución, porque iba en dirección opuesta a lo que había sido, con ciertas excepciones, la poesía a partir de 1925. Pero lo verdaderamente interesante del caso es ver que esta casi revolución la hizo Miguel Hernández sin romper con la tradición inmediata, al revés, apoyándose sin deponer nada de su verdadera personalidad, en dos grandes poetas de la generación precedente, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, a los que generosamente reconoce como maestro suyos, junto a todo el acervo clásico. En esto estriba precisamente su originalidad, y lo que le concedió en alto grado la posibilidad de ser guía para poetas más jóvenes. Porque, a mi entender, la capacidad que un poeta tenga para influir en la posteridad suele estar en proporción directa con la cantidad de tradición que su obra, desde su novedad, salva. Recientemente, en el suplemento dominical del periódico mejicano “La Jornada”, domingo 30 de mayo de 2010, número 795, Óscar de Pablo escribía un artículo titulado “¿Qué sería de nosotros sin Miguel Hernández”. Pues eso, ¿qué sería de nosotros sin Miguel Hernández? ¿Qué sería de mí sin Miguel Hernández? Y es que ya se sabe que, glosando a Mario Benedetti, otro gran poeta comunicante, contra la palabra entrañable y comunicante de Miguel Hernández no hay vacuna.
Emilio Rucandio Palomar
Valencia, diciembre de 2010
NOTAS
(1) <7i>Todos los textos de Miguel Hernández están tomados de la siguiente edición de sus obras completas: Miguel Hernández, Obra Complets, ed. Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira (con la colaboración de Carmen Alemany), Madrid, Espasa Calpe, 1992, 2 vols. Entre paréntesis, indicaré la página o páginas.
(2) Edición facsímil de “Hora de España”, Revista de Literatura, Barcelona, Editorial Laia, 1977, tomo 2, pp. 275-287. La Ponencia Colectiva apareció en el número VIII de “Hora de España”, Valencia, Agosto, 1937.
(3) Experto en todo lo referente a los cantautores, tiene, entre otros, tres volúmenes publicados, que quiero destacar, y que llevan el título de .. Y la palabra se hizo música: La canción de autor en España, vols. 1 y 2, Madrid, Fundación Autor, 2006; El canto emigrado de América Latina, volumen 3, Madrid, Fundación Autor, 2007. El libro sobre Miguel Hernández se cita en la bibliografía.
(4) Estos dos textos proceden de www. Inmotionmagazine.com/chiapoc.htlm (el primero) y www. ezln.org/documentos/1999/19990900a.es.htm. (el segundo).
(5) Desde hace tiempo se sabe que el apoyo y la amistad que Miguel le pidió a Federico no fueron correspondidos por parte de este, por razones en las que no es necesario entrar en este momento, aunque se puede consultar lo que sobre este aspecto comenta Agustín Sánchez Vidal en su libro Miguel Hernández, desamordazado y regresado, Barcelona Planeta, 1992, pp.41-47.
(6) Laura Bahía, protagonista de la novela, que trabaja para el servicio de inteligencia cubano, vive un relación amorosa con el diplomático estadoudinense Philip Hull, que acepta actuar como intermediario en una operación con los agentes de seguridad cubanos. A la vez, Laura escribe unas cartas al director de un periódico, en las que reflexiona sobre distintos temas: Cuba y el bloqueo norteamericano, la ideología y los sentimientos, el sentido de la literatura… Así, en la SEXTA CARTA, se citan unos versos del poema “LA BOCA” de Miguel Hernández: “Por eso leemos, por eso amamos. Un beso son dos lenguas que se frotan y recorren la boca ajena, pero la literatura dice: boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos. Cito para usted a Miguel Hernández y no importa sobre todo el poeta, el poema, la historia, el personaje. Importa el incremento. Los panes y los peces. Usted lee y adquiere un extraño dominio sobre el mundo real. Las páginas se tornan extensibles como si más allá guardaran otras cosas, otros sitios. La mano que roza su mano tiene plumas y manos de yeso cortadas, y usted sabe que existe una playa abierta, una extensión sin límites, el mundo que con los ojos vueltos hacia adentro reconocemos y acatamos. La vida no es la vida, señor director: es la vida con el incremento. Allí donde algunos dirían que se acaba la realidad, usted y yo sabemos que continúa, que detrás del follaje da comienzo una región nueva y nuestra” (p. 190).
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