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[sábado 23 de julio de 2011]
LAS DOS MUERTES DE MIGUEL HERNÁNDEZ II (ADULTERAR LA VERDAD)
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por SANTOS ESCARABAJAL /MIGUEL A. NEPOMUCENO
¿Han contado la verdad los ‘amigos’ de Hernández?
La historia oficial sobre la prisión y muerte de Miguel Hernández en Alicante presenta graves alteraciones, omisiones y lagunas que sus propios compañeros de reclusión se han esforzado en mantener vivas a lo largo de setenta años. Resulta muy significativo, que la mayoría de estos “testigos presenciales” sólo hayan comenzado a hablar pasados cincuenta años del fallecimiento del poeta cuando ya no quedaba vivo ninguno de sus familiares directosy la mayoría de los testimonios escritos y orales de amigos comunes se habían perdido. Ahora, a la luz de documentos irrefutables, el investigador leonés Santos Escarabajal ha devuelto a la historia la cruda realidad de esas últimas horas que el lector podrá seguirlos con detalle.
Vicente Hernández, hermano de Miguel, en una entrevista con el periodista francés Claude- Couffon en abril de 1962 dice: “Pude verlo tres veces. La primera el verano de 1941. Yo había conseguido obtener un permiso de visita. Él estaba apiñado con muchos otros presos en una celda prevista para una sola persona. Su pobre ropa estaba hecha jirones. Su aspecto revelaba un total abandono, se veía que no disfrutaba de ningún aseo. Pero conservaba la tranquilidad, la energía, el ánimo que yo le había conocido siempre…”. Vicente, posiblemente obtuvo un permiso especial que daban una sola vez para visitar a su hermano y debió de ser de julio o principios de agosto. Lo visitó en la celda 22 de Periodo (no de la 4ª galería como han apuntado algunos biógrafos compañeros. Como sabemos, fue ingresado en el Reformatorio alicantino el 29 de junio y como era habitual, tuvo que pasar la cuarentena, cosa que hizo por los testimonios escritos de esposa y hermano, entre otros. También ha quedado documentado que lo recluyeron en la celda nº 22 de Período y una vez cumplida la cuarentena lo pasaron a la 4ª galería, 4º dormitorio. Así, José Ramón Clemente, supuesto “amigo” poeta, dice que Miguel pregunta por alguno de los presos amigos o conocidos, más o menos vinculados con el mundo de la cultura y consiguen que lo instalen en la celda 22 de la 4°, junto a su paisano Luis Terrés, el pintor Ricardo Fuente Alcocer, Rigoberto Martín Lloret, Jiménez Esteve y el abogado Ramón Clemente. Sin embargo, Hernández no estuvo en esa celda como vamos demostrar. Existen varios documentos de la prisión y del Hospital Provincial, expedidos por el gobernador de Alicante y por el director del Reformatorio, en que se puede comprobar que en esas fechas Clemente no se encontraba en el, ya que se hallaba convaleciente de una fuerte bronquitis, en el Hospital Provincial donde ingresa el 11 de febrero y permanece allí hasta el 11 de septiembre de 1941 que es reintegrado al Reformatorio de Alicante. Por mucho que se esfuercen sus biógrafos que no hacen que más que repetir lo que el propio Ramón Clemente ha dicho, insistiendo en que Miguel estuvo encerrado en la celda 22, lo cierto es que no. Según el documento de la enfermería publicado en este periódico, hemos visto que Miguel estaba en la 4ª galería 4º dormitorio. Lo que echa por tierra las primera de las afirmaciones de uno de “sus amigos y compañeros” del penal. Lo que sí ocurrió es que él se veía con ellos al salir al general , por otra parte algo natural, ya que allí se reunían diariamente los presos dos veces al día, pero no en la celda porque no estuvo alli. La segunda de las contradicciones de Clemente Torregrosa se produce cuando fallece el poeta, el 28 de marzo de 1942. Él señala que fue el encargado de mecanografiar el expediente que se abrió al respecto, pero eso tampoco es posible porque el día 6 marzo de 1942 Clemente ingresa en el grupo artístico del coro de prisión y allí no tenían máquinas de escribir en las celdas. Cuando pudo haberlo hecho es en el mes de noviembre de 1942 al abandonar el coro y entrar a trabajar en las oficinas de Régimen, pero entonces ya habían pasado ocho meses de la muerte del poeta. Luego la fecha del encargo de mecanografiar el expediente hay que revisarla. Todavía otro dato curioso:Miguel Hernández nunca solicitó por instancia un destino para redención de pena como hicieron otros reclusos, por ejemplo, el pintor Gastón Castelló Bravo, quien una vez concedido lo rechaza porque no tenía relación alguna con su profesión. Existe un documento de su expediente que lo ratifica: “Gastón Bravo recluso en el Establecimientode su digna dirección, donde extingue la condena de 6 años y un día, expresa que presenta su renuncia al desempaño de destinos en este Reformatorio. Alicante, 30 de abril de 1940. Firmado G. Castelló”. Más abajo Castelló apostilla con su letra: “Mi renuncia se debe a que ninguno de los destinos ofrecidos tienen relación con mi profesión”. Gastón Castelló fue sentenciado a 6 años de prisión, después de algunos meses, el 10 de agosto de 1940, sale en libertar atenuada, gracias a la intervención del entonces ministro del ejercito general, Enrique Valera, el mismo que ayudó a Miguel Hernández.
REENCUENTRO DE PÉREZ ÁLVAREZ CON MIGUEL HERNÁNDEZ
Ramón Pérez Álvarez ingresa en el Reformatorio de Alicante el 13 de diciembre de 1939 procedente de la prisión de Orihuela, no sabemos que hizo desde su ingreso hasta el 6 de mayo de 1941, a partir de esta fecha empieza su odisea. El fiscal jurídico militar solicita para Ramón la pena de muerte y lo trasladan al edificio de Periodos donde se encontraban los que tenían petición fiscal de pena de muerte y los ya sentenciados a muerte. Ramón Pérez permanecerá recluido en ese lugar hasta el 12 de agosto de 1941 en que se le juzga y es condenado a 30 años de prisión mayor. No sale del enclaustramiento hasta mediados de octubre. Cuando sale de Período, vienen a su encuentro, según sus palabras, Miguel Hernández y Luis Fabregat con el fin de ayudarlo a llevar sus pertenencias hasta el lugar que le habían asignado. No sabemos a qué galería lo envían.
“Después de muchas vicisitudes,- dice Ramón refiriéndose a Miguel-, fue trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde llegó el mes de junio de 1941. Terminado el periodo de aislamiento de la cuarentena, pudimos estar juntos hasta el 12 de agosto, en que fui por segunda vez condenado a muerte, situación en que permanecí hasta mediados de octubre. En aquel momento Miguel y Luis Fabregat acudieron para ayudarme a llevar mis pertenencias hasta el lugar que se me había destinado”. Apartir de este hecho pudo ver al poeta en el patio general. Sin embargo, no creemos que Hernández tuviera mucho contacto con la gente de Orihuela después de ser detenido y encarcelado en su propio pueblo donde nadie le ayudó ni tan siquiera su padre. La Fundación CulturalMiguel Hernández publicó un libro en 2003 titulado ‘Hacia MiguelHernández’ con las declaraciones de Ramón Pérez. En uno de sus escritos el autor dice: “Miguel estaba entonces en el tercer dormitorio, junto a su mejor amigo carcelario, el antiguo compañero de pastoreo y miembro de las Juventudes Socialistas, Antonio Ramón Cuenca. Allí enfermo de tifus, a los pocos días, fue trasladado a la enfermería”. Según hemos visto anteriormente, Hernández fue trasladado el 1 de diciembre de 1941 a la enfermería, pero no al tercer dormitorio con Ramón Cuenca, Miguel estaba en el 4° dormitorio, cuarta galería. Nada de celda 22.
CRÓNICA DE UNA MUERTE MISTIFICADA.
Es apasionante lo que se ha dicho y escrito sobre lamuerte deMiguel Hernández. Una de esas primeras declaraciones fue la de Luis Fabregat Terrés al periodista francés Claude-Couffon el 12 de abril de 1962 en Orihuela. A la pregunta de ¿cuándo se habían visto por última vez los dos compañeros?, Fabregat responde:“Fue la misma noche de su muerte. Él había conservado su pleno conocimiento. Me dijo que se sentía muy mal, que ya no tenía ninguna esperanza. Murmuró, mirándome, “Luis, yo sé por dónde va la procesión”. Murió al amanecer, sin sufrimiento. Los enfermeros, que conocían nuestra intención de recoger sus papeles, nos los llevaron inmediatamente. Eran apuntes garabateados con lápiz que intentamos descifrar y copiar sobre un papel mejor. Ante la dificultad de la empresa, decidimos finalmente conservarlas tal cual, a fin de confiárselas a Gabriel Sijé apenas se presentara la ocasión. Algunos días más tarde, éste hizo varias copias a máquina y remitió los originales a Josefina. Nosotros nos presentamos ante la Dirección de la Penitenciaria con la esperanza de obtener la autorización para moldear una máscara mortuoria. Nos respondieron que únicamente podría ser acordada por la Dirección General de Prisiones. No pudimos obtenerla, pero a pesar de todo fuimos autorizados a velar el cuerpo de Miguel hasta lahora del entierro. Por otra parte, éste tuvo un carácter excepcional. En efecto, hasta ese día, cuando un cadáver dejaba la prisión, resonaba un solo toque de corneta y los que se encontraban en el patio se ponían sencillamente de pie al paso del féretro. Para Miguel se formó un verdadero cortejo hasta la puerta de la penitenciaria. Y también por primera vez, la banda de la prisión fue autorizada a tocar una marcha fúnebre”. Veremos que ni se veló el cuerpo, ni hubo banda de música, ni toque de corneta, ni se formaron los presos en el patio, ni muchas otras afirmaciones que sus compañeros cuentan y las razones de por qué no fue así. Por ello resulta sumamente interesante esta declaración de Fabregat para valorar en su justa medida el grado de fantasía que podían alcanzar las diferentes versiones de los “amigos” del poeta.
En primer lugar Luis Fabregat no pudo estar en la enfermería la misma noche de la muerte de Miguel porque estaba en su celda de la segunda galería primer piso donde se encontraban los destinados al grupo de gimnasia. Posiblemente en la misma celda que ocupaba el recluso Bernardo López García. En ese tiempo después de la cena todos los internos de la prisión subían a sus respectivos dormitorios o celdas, pasaba ecuento el funcionario de prisiones y les cerraban las puertas hasta el día siguiente. Respecto a las palabras que dice le dirige Miguel, no creo que el poeta en sus últimas horas de vida, agonizante como estaba, pudiera decir nada. Tampoco resulta creíble su testimonio cuando asegura que velaron al poeta. La razón: porque la sala de duchas donde tenían el cuerpo de Miguel, estaba en el sótano de la enfermería. En esa sala no dejaban entrar a nadie, absolutamente a nadie y menos si había un cadáver esperando que lo sacaran para enterrar, los únicos que tenían permiso para entrar en ella eran los enfermeros.
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